Antes del cuarto éxtasis, en la cuarta noche, Buda invocó al Innominado, a fin de que le revelara el arcano del descanso y la felicidad. Cuando se durmió vio la terrible rueda de la vida, como un circulo de sombras poblado de hormigueros humanos. Luego, se hallo en una región llena de paz y reposo. El dolor ya no existía allí, por lo que no hacia falta seguir encarnándose.
Y cuenta la leyenda que el rey de las serpientes, Mucalinda, aun hizo una ultima tentativa para vencer a Buda, para lo cual se enrosco siete veces con sus anillos al cuerpo del filosofo, protegiéndole de esta manera contra la tempestad (incluso la de su alma), pero también fue derrotado por la firmeza de Buda ante toda tentación y todo peligro, y al cabo de siete días, cuando Mucalinda vio el cielo libre de nubes, se desenrosco del cuerpo del iniciado y, adoptando la forma de un mancebo, se le aproximo y lo venero, adorándolo.
La luz del amanecer comenzó a teñir el cielo. Las estrellas y la luna se dispusieron a retirarse mientras unas llamas púrpuras, rojas y anaranjadas convertían el firmamento en un gigantesco lienzo rebosante de vida, anunciando un nuevo y esplendoroso día. La claridad de la aurora se mezclaba con los últimos retazos de la noche. Las estrellas, en sus múltiples configuraciones, los remotos planetas, el sol y la luna refulgían al unísono en ese instante de perfecta armonía, cuando el mundo se halla entre la noche y el día.
Se acercaba el alba. En el mismo instante en que la estrella de la mañana comenzaba a brillar en el cielo oriental, algo ocurrió.
Siddharta abrió los ojos y miro a su alrededor; una sonrisa iluminó su rostro y recorrió todo su cuerpo; hasta la yema de los dedos: era el profundo sentimiento del despertar, después de largos sueños. De repente se encontró andando otra vez, con paso rápido, como el de un hombre que sabe lo que tiene que hacer.
Finalmente, después de muchos años de prácticas austeras, habiendo luchado contra Mara y sus ejércitos. Siddartha logro la iluminación.
De repente, como un ilimitado y penetrante haz de luz, la sabiduría de Siddartha emergió para iluminar la verdad eterna e inmutable de la vida. Una sensación similar al impacto de una descarga eléctrica recorrió su cuerpo. Temblaba de emoción, y un subido tono rosado invadía las mejillas bañadas en lagrimas.
-Esto es.-
Miro a su alrededor, como si viese al mundo por primera vez. ¡Era hermoso el mundo, y de diversos colores! El mundo se le presentaba curioso y enigmático. Aquí azul, allí amarillo, allá verde, el cielo y el río corrían, el bosque y el monte mezclaban su belleza misteriosa y mágica, y allí en medio, Siddartha, que se despertaba, que se ponía en camino hacia sí mismo. A través de los ojos de Siddartha entro por primera vez todo eso, el amarillo y el azul, el río y el bosque. Ya no era la magia de Mara, ni el velo de Maya, ya no era la multiplicidad para el brahmán profundo, que desprecia lo múltiple y busca la unidad. Azul era azul, río era río, aunque dentro del azul y del río y de Siddartha vivía escondido lo único y lo divino; precisamente, la característica principal de lo divino era el ser aquí amarillo, allí azul, allá cielo, acullá bosque y aquí Siddartha. El sentido y la realidad no se encontraban detrás de las cosas, estaban dentro de ellas, dentro de todo.
-¡Que sordo y que torpe he sido!-meditó a paso ligero.-Si alguien lee un escrito para buscarle sentido, no desprecia los signos ni las letras, ni los llama engaño, casualidad o cáscara inútil; al contrario, los lee, los estudia, los ama letra por letra. Sin embargo, yo quería leer el libro del mundo y el de mi propia naturaleza despreciando los signos y las letras a favor de un sentido imaginado de antemano, preconcebido; llamaba al mundo visible un engaño. Consideraba mi ojo y mi lengua como apariencias casuales sin valor. No; esto ya ha terminado: ahora me he despertado realmente y hoy, por fin, he nacido.-
Mientras Siddartha reflexionaba así, se detuvo nuevamente, en seco, como si se le hubiera cruzado una serpiente en el camino.
Y es que repentinamente comprendió también lo siguiente: él, en verdad, era como una persona que se despierta o como un recién nacido, tenia que comenzar de nuevo su vida desde un principio. Aquella misma mañana, al abandonar el bosque de Jatavena, el de aquel majestuoso, y empezar a despertar, a caminar hacia sí mismo, lo había parecido natural su intención de regresar a su tierra y a la casa paterna, después de los años de ascetismo. Pero ahora, en este momento, cuando se detuvo como si se le hubiera cruzado una serpiente en el camino, también se despertaron sus sospechas.
-Ya no soy el que fui,-se dijo.-ya no soy asceta, ni sacerdote, ni brahmán. ¿Qué haría en casa de mi padre? ¿Estudiar? ¿Sacrificar? ¿Meditar? Todo ello ya es pasado, ha terminado para mí.-
-Yo tengo movimiento a través del curso de muchos nacimientos mirando al hacedor de esta morada y no a su hallazgo; doloroso es nacer una y otra vez. Todas sus vigas están quebradas, sus referentes destruidos; el espíritu logró la extinción de los deseos.-
Siddartha estaba inmóvil y por un momento sintió que el corazón se le helaba, al darse cuenta de la soledad en que se hallaba. Sintió en su pecho un escalofrío, como si se tratara de un animal pequeño, un pájaro o una liebre. Durante años no había tenido casa, y no la había necesitado.
Cuando hubo contemplado de qué modo los seres vivos se destinan a renacer constantemente en los mundos del pasado, presente y futuro, Siddartha pasó al estadio final de su iluminación, en la tercera y ultima fase de la noche. Comprendió la verdad suprema de la vida y del mundo, y completo el proceso que le permitió llegar a ser un Buda.
Años habían pasado desde que se sentó en ese árbol, aunque el mundo físico solo contara unos días. El tiempo en que paso en contacto con el otro lado del mundo, se convirtió en varios años cuando para su cuerpo fenoménico fueron pocos días. En este viaje, se encontraba consigo mismo, un desdoblamiento que equivalía a verse como Buda y como Siddartha, hasta que comprendió la verdad, ambos eran él. Mara, Maya, Mucalinda; todas las fuerzas negativas del universo intentaron impedirle el cumplir con su cometido. Pero Siddartha se había levantado triunfante. El pasado, el presente y el futuro, pasaron ante él como si fueran solo meras percepciones, tal como son las restantes de nuestro mundo fenoménico. Siddartha entraba ahora en la eternidad, la de todos los grandes hombres. Viendo esto, pudo contemplar a sus sucesores. En las infinitas posibilidades que había ante sí, él sabia que haría cuando dejara el árbol bodhi. Sus próximos pasos, definirían la vida de millones de personas en los próximos y numerosos asamkyas de kalpas, en múltiples mundos. Él vio tres mil mundos convergiendo en ese instante de la vida. Vio que no podría exponer por completo, solo podía dar el primer paso. Mostrar que la iluminación era posible, para todos los seres humanos de este mundo y en esta vida. Siddartha tenia clara su misión, pero su obra debía ser continuada. Él pondría la piedra fundamental, dar el primer paso, el primero de un viaje que duraría hasta la eternidad en más de un millón de pasos.
Se cree que Siddartha estuve en lo que equivale a cien años examinando estos aspectos de la existencia. Contemplando al gran último sucesor suyo que expondría la ley en su forma completa, aquel que cerraría el circulo que él iniciaría. Todo dependía ahora de Siddartha, nada más.
Finalmente, había alcanzado la iluminación. Siddartha lo había logrado, era Buda. El Buda, que fue Siddartha, que aun era. Fue el supremo despertar. Finalmente, se había convertido en un buda, alguien iluminado a la verdad última. Fue como si dentro de su vida se hubiera abierto una puerta, de par en par, a todo el universo. Se liberó de todas las ilusiones. Sintió que ahora, basandose en la Ley de la vida, podía actuar libremente y disfrutar en plenitud. Era un estado que jmás había experimentado en esa existencia.
Sus ojos veían lo mismo, pero diferente. Sus oídos captaban igual, pero en otro espectro. Sus sentidos completos eran distintos a lo que habían sido.
Buda se levantó, incapaz de abandonar a la humanidad a sus sufrimientos para ir en busca del Nirvana. Podía haber permanecido en ese estado de gracia, pero decidió aguardar hasta poder compartir lo que había aprendido con aquellos a quienes les resultara útil, aquellos que desearan recibir los conocimientos que él había adquirido para sentirse libres.
Un relato del buda historico, sintetizado de "La Nueva Revolucion Humana", "Buda el principe guerrero" de Kyra Palen y "Siddharta" de Herman Hesse. Esto en si no es una novela, sino mas bien una leve compilacion que me tome el atrevimiento de crear.
jueves, diciembre 30, 2010
martes, noviembre 30, 2010
51-Sin tiempo.
Muchos pensarán que la aparición de Mara y de sus ejércitos es una incorporación posterior a los textos, una leyenda concebida para darle dramatismo a la gesta de Siddartha, a punto de lograr la iluminación. Pero en realidad constituye algo mucho más profundo, pues nos revela la verdadera naturaleza de Mara. La función destructiva del mal, tal como actúa en este mundo. Los escritos narran que, ante la voluntad férrea de Siddartha y su postura intransigente, Mara finalmente se rindió e hizo retroceder a su séquito, con estas palabras:
-Durante siete años, seguí a Siddartha paso a paso. No pude encontrar resquicio por donde entrar en el gran iluminado, el Siempre Alerta. Como el cuervo que se abalanza contra una piedra en forma de animal, confundiéndola con una tierna presa, con un manjar dulce y delicioso, y se aleja al no hallar lo que esperaba, así, como un cuervo que ataca a una piedra, yo renuncio a Gautama, frustrado e impotente.-
Después de acechar a Siddartha durante siete años, finalmente Mara reveló su verdadera identidad, solo cuando aquel estaba a punto de lograr la iluminación.
El caluroso día llego a su fin. El sol se puso sobre Siddartha, que seguía sumido en sus meditaciones, mientras la higuera proyectaba unas largas sombras a su alrededor.
Simultáneamente, en el otro extremo del firmamento, apareció la luna llena de abril, envolviendo con su suave resplandor los árboles, el arroyo y las aldeas circundantes, velando sobre Siddartha mientras este se transformaba en Buda, el iluminado.
Siddartha aguardó, consciente de que la respuesta residía en lo mas profundo de su ser, accesible solo mediante salto de intuición, siempre y cuando la esencia de su alma fuera pura y capaz de reflejar el universo tan perfectamente como un espejo. Las estrellas iluminaban el firmamento.
La intensidad del esfuerzo mental de Siddartha hizo que se abriera su tercer ojo. Al igual que un potente haz de luz, el ojo atravesó el espacio y el tiempo infinito. Siddartha contempló a todos los seres humanos, esforzándose en nacer, esforzándose en renacer, independientemente de su casta, de sus defectos y virtudes.
Y allí empezó la intuición.
Era preciso explorar el pasado; Siddartha contemplo su existencia y la de todos los seres humanos. La cuestión era como eliminar el sufrimiento. Asvapati le había enseñado que toda causa provocaba un efecto. Pero eso no bastaba.
La respuesta cobró forma al analizar la concatenación de causas y efectos.
Cuál es la causa de la vejez y la muerte? Siddartha se concentro hasta dar con la respuesta: la vejez y la muerte existen porque existe el nacimiento. La vejez y la muerte, obedecen al nacimiento. Cuál es la causa del nacimiento? El nacimiento existe porque existe la vida? La vida existe porque existen los vínculos. La vida obedece a los vínculos. Cuál es la causa de los vínculos? Los vínculos existen porque existe el deseo. Los vínculos obedecen al deseo. Cuál es la causa del deseo? El deseo existe porque existe la sensación. El deseo obedece a la sensación. Cuál es la causa de la sensación? La sensación existe porque existe el contacto. La sensación obedece al contacto. Cuál es la causa de los seis sentidos? Los seis sentidos existen porque existe el cuerpo y la individualidad. Los seis sentidos obedecen al cuerpo a la individualidad. Cuál es la causa del cuerpo y la individualidad? El cuerpo y la individualidad existen porque existe la percepción. El cuerpo y la individualidad obedecen a la percepción. Cuál es la causa de la percepción? La percepción existe porque existen las predisposiciones hereditarias y kármicas. Cuál es la causa de las predisposiciones hereditarias y kármicas? Las predisposiciones hereditarias y kármicas existen porque existe la ignorancia. Las predisposiciones hereditarias y kármicas obedecen a la ignorancia.
Si, pensó Siddartha, quien abrió los ojos y observó las estrellas, la ignorancia es el origen de nuestra situación. Vivimos en una época opresiva, gobernada por una multitud de dioses, todos ellos encadenados. Mahabali el renegado me enseñó los primeros pasos hacia un nuevo planteamiento, desconocido en nuestros tiempos, un planteamiento científico e inteligente. Pero eso por si mismo no basta. No, se requiere una combinación de conocimientos, ciencia, sabiduría, talento y el tercer ojo. Pero ese concepto aun no existe en la actualidad. Juntos, producen el saber, y posteriormente viene la intuición. En este instante he comprendido que soy, y sé lo que es eso.
“Yo soy lo más ennoblecido de la tierra. Yo soy la flor y nata de la Tierra. Yo soy el hermano mayor de la Tierra. En verdad os digo que esta será mi ultima encarnación sobre la Tierra. Esta es mi existencia final antes de pasar a la siguiente esfera.”
Si, pensó Siddartha, las respuestas se hacen cada vez mas claras. Sin embargo, si invierto el proceso llegare a la conclusión de que el deseo conduce del nacimiento a la reencarnación, de un sufrimiento a otro sufrimiento. En la raíz de todo subyace la ignorancia. Si eliminamos la ignorancia, eliminamos las predisposiciones hereditarias y kármicas, si eliminamos las predisposiciones hereditarias y kármicas, eliminamos la percepción. Si eliminamos la percepción, eliminamos el cuerpo y la individualidad. Si eliminamos el cuerpo y la individualidad, eliminamos los seis sentidos. Si eliminamos los seis sentidos, eliminamos el contacto. Si eliminamos el contacto, eliminamos la sensación. Si eliminamos la sensación, eliminamos el deseo. Si eliminamos el deseo, eliminamos los vínculos. Si eliminamos los vínculos, eliminamos la vida. Si eliminamos la vida, eliminamos el nacimiento. Si eliminamos el nacimiento, eliminamos la vejez y la muerte.
-Durante siete años, seguí a Siddartha paso a paso. No pude encontrar resquicio por donde entrar en el gran iluminado, el Siempre Alerta. Como el cuervo que se abalanza contra una piedra en forma de animal, confundiéndola con una tierna presa, con un manjar dulce y delicioso, y se aleja al no hallar lo que esperaba, así, como un cuervo que ataca a una piedra, yo renuncio a Gautama, frustrado e impotente.-
Después de acechar a Siddartha durante siete años, finalmente Mara reveló su verdadera identidad, solo cuando aquel estaba a punto de lograr la iluminación.
El caluroso día llego a su fin. El sol se puso sobre Siddartha, que seguía sumido en sus meditaciones, mientras la higuera proyectaba unas largas sombras a su alrededor.
Simultáneamente, en el otro extremo del firmamento, apareció la luna llena de abril, envolviendo con su suave resplandor los árboles, el arroyo y las aldeas circundantes, velando sobre Siddartha mientras este se transformaba en Buda, el iluminado.
Siddartha aguardó, consciente de que la respuesta residía en lo mas profundo de su ser, accesible solo mediante salto de intuición, siempre y cuando la esencia de su alma fuera pura y capaz de reflejar el universo tan perfectamente como un espejo. Las estrellas iluminaban el firmamento.
La intensidad del esfuerzo mental de Siddartha hizo que se abriera su tercer ojo. Al igual que un potente haz de luz, el ojo atravesó el espacio y el tiempo infinito. Siddartha contempló a todos los seres humanos, esforzándose en nacer, esforzándose en renacer, independientemente de su casta, de sus defectos y virtudes.
Y allí empezó la intuición.
Era preciso explorar el pasado; Siddartha contemplo su existencia y la de todos los seres humanos. La cuestión era como eliminar el sufrimiento. Asvapati le había enseñado que toda causa provocaba un efecto. Pero eso no bastaba.
La respuesta cobró forma al analizar la concatenación de causas y efectos.
Cuál es la causa de la vejez y la muerte? Siddartha se concentro hasta dar con la respuesta: la vejez y la muerte existen porque existe el nacimiento. La vejez y la muerte, obedecen al nacimiento. Cuál es la causa del nacimiento? El nacimiento existe porque existe la vida? La vida existe porque existen los vínculos. La vida obedece a los vínculos. Cuál es la causa de los vínculos? Los vínculos existen porque existe el deseo. Los vínculos obedecen al deseo. Cuál es la causa del deseo? El deseo existe porque existe la sensación. El deseo obedece a la sensación. Cuál es la causa de la sensación? La sensación existe porque existe el contacto. La sensación obedece al contacto. Cuál es la causa de los seis sentidos? Los seis sentidos existen porque existe el cuerpo y la individualidad. Los seis sentidos obedecen al cuerpo a la individualidad. Cuál es la causa del cuerpo y la individualidad? El cuerpo y la individualidad existen porque existe la percepción. El cuerpo y la individualidad obedecen a la percepción. Cuál es la causa de la percepción? La percepción existe porque existen las predisposiciones hereditarias y kármicas. Cuál es la causa de las predisposiciones hereditarias y kármicas? Las predisposiciones hereditarias y kármicas existen porque existe la ignorancia. Las predisposiciones hereditarias y kármicas obedecen a la ignorancia.
Si, pensó Siddartha, quien abrió los ojos y observó las estrellas, la ignorancia es el origen de nuestra situación. Vivimos en una época opresiva, gobernada por una multitud de dioses, todos ellos encadenados. Mahabali el renegado me enseñó los primeros pasos hacia un nuevo planteamiento, desconocido en nuestros tiempos, un planteamiento científico e inteligente. Pero eso por si mismo no basta. No, se requiere una combinación de conocimientos, ciencia, sabiduría, talento y el tercer ojo. Pero ese concepto aun no existe en la actualidad. Juntos, producen el saber, y posteriormente viene la intuición. En este instante he comprendido que soy, y sé lo que es eso.
“Yo soy lo más ennoblecido de la tierra. Yo soy la flor y nata de la Tierra. Yo soy el hermano mayor de la Tierra. En verdad os digo que esta será mi ultima encarnación sobre la Tierra. Esta es mi existencia final antes de pasar a la siguiente esfera.”
Si, pensó Siddartha, las respuestas se hacen cada vez mas claras. Sin embargo, si invierto el proceso llegare a la conclusión de que el deseo conduce del nacimiento a la reencarnación, de un sufrimiento a otro sufrimiento. En la raíz de todo subyace la ignorancia. Si eliminamos la ignorancia, eliminamos las predisposiciones hereditarias y kármicas, si eliminamos las predisposiciones hereditarias y kármicas, eliminamos la percepción. Si eliminamos la percepción, eliminamos el cuerpo y la individualidad. Si eliminamos el cuerpo y la individualidad, eliminamos los seis sentidos. Si eliminamos los seis sentidos, eliminamos el contacto. Si eliminamos el contacto, eliminamos la sensación. Si eliminamos la sensación, eliminamos el deseo. Si eliminamos el deseo, eliminamos los vínculos. Si eliminamos los vínculos, eliminamos la vida. Si eliminamos la vida, eliminamos el nacimiento. Si eliminamos el nacimiento, eliminamos la vejez y la muerte.
martes, noviembre 16, 2010
50-Mara.
En la tercera noche, Buda subió a la esfera de los dioses, por un grandioso esfuerzo. El paisaje era sublimemente grandioso, y ante él se le aparecieron las fuerzas cósmicas y los dioses; distinguió remolinos de luz y tinieblas, surgiendo de los mismos corrientes lumínicas que se diversificaban por todo el universo.
-Si,-pensó al respirar profundamente.-¡ahora ya no tratare de huir de Siddartha! Ya no quiero dedicar mis reflexiones y mi vida al ATMAN y a las penas del mundo. Ya no deseo matarme ni despedazarme para hallar un misterio detrás de las ruinas. Ya no estudiare el yaga-veda, ni el atharva-veda, ni los ascetas, ni cualquier otra doctrina. Quiero aprender de mí mismo, deseo ser mi discípulo, conocerme, interiorizarme en el misterio de Siddartha. En todo tiempo experimenta el ser humano horror y espanto ante la ancianidad.
Aunque se agoste mi piel, aunque se corrompan mis manos, aunque mis ojos se desvanezcan, no me moveré de aquí hasta haber alcanzado la cima de la sabiduría.-
Según las escrituras, Mara se alarmó ante la posibilidad de que Siddartha triunfara y dijo al aspirante a Buda:
-Estás al borde de la muerte, flaco y con el semblante ceniciento. Tus oportunidades de sobrevivir son una entre mil. Debes vivir, pues solo con vida podrás realizar buenas acciones. Sin embargo, todo este esfuerzo que estas haciendo es inútil y estéril, pues el camino hacia el Dharma verdadero es arduo, penoso e inaccesible.-
De esta forma, la primera estrategia de Mara fue tratar de desalentar a Siddartha; viendo su fracaso, opto por tentarlo. El episodio permite vislumbrar la naturaleza de lo que llamamos Mara o función del mal. Comúnmente, uno suele pensar que el Demonio es un ser enigmático y sobrenatural, o quizás una figura mítica. Pero en el budismo, el concepto de Mara es muy distinto. Mara es parte de la vida que impregna todo el universo; al mismo tiempo, existe en el corazón y en la mente de cada ser humano. Su verdadera naturaleza, como revela el epíteto "El que sustrae la vitalidad", es obrar de manera incesante para privar a los seres humanos de fuerza vital, en forma rotunda y definitiva. En términos concretos, como vimos en el pasaje anterior de las escrituras, Mara es la fuerza negativa que surge en el interior de una persona para provocar resistencias y obstruir el despertar, cuando esta avanza hacia la meta de la iluminación y de la verdad, y se esfuerza sin límites en pos de ese objetivo.
“Si este ser humano logra liberar a sus congéneres de la esclavitud de los placeres, ¿no acabará por ser una especie de general sin ejercito?”
Pero cuando estas fuerzas destructivas simbolizadas en Mara y su cohorte aparecieron ante Siddartha, este las enfrentó valerosamente sin retroceder un solo paso. Según la escritura mencionada, Siddartha habló a Mara con las siguientes palabras:
-Gran Mal, amigo de la inactividad, has venido acá. Por tus propios intereses. No tengo la menor necesidad de acumular méritos, así que, Mara, deberías predicar a los que necesitan de virtud. Yo tengo fe, heroísmo y sabiduría. ¿Por que me pides que viva, a mí, que tengo un claro propósito por el cual vivir? Mientras la carne se aplaca, mi mente se aquieta y se afirma. He arribado a la ultima sensación; porque vivo de este modo, mi mente no ansía el placer. ¡Contempla la pureza de mi vida! El apetito sensual es tu primer ejército; el segundo es la aversión; el tercero, el hambre y la sed; el cuarto, el ansia. Tu quinto ejercito es la inercia y la pereza; y el sexto, la cobardía. El séptimo ejército es la duda; el octavo, la hipocresía y la estupidez. Y, luego, la riqueza, la fama, el honor y la gloria falsamente cosechados, mas las loas a la propia persona y el desprecio a los demás. He aquí tus ejércitos, Gran Mal. El cobarde no puede vencerlos, pero quien los aplasta logra la felicidad. Vestido de hierba Munja, luchare. Mejor es para mi morir combatiendo que vivir derrotado. Hubo ascetas y brahmanes que libraron esta contienda y acabaron vencidos. No conocen el camino por el cual marchan la virtud y el bien. Pero aun rodeado de demonios por todos los flancos, yo iré al encuentro de Mara con elefantes de guerra. ¡No tomaras mi territorio!-
-Si,-pensó al respirar profundamente.-¡ahora ya no tratare de huir de Siddartha! Ya no quiero dedicar mis reflexiones y mi vida al ATMAN y a las penas del mundo. Ya no deseo matarme ni despedazarme para hallar un misterio detrás de las ruinas. Ya no estudiare el yaga-veda, ni el atharva-veda, ni los ascetas, ni cualquier otra doctrina. Quiero aprender de mí mismo, deseo ser mi discípulo, conocerme, interiorizarme en el misterio de Siddartha. En todo tiempo experimenta el ser humano horror y espanto ante la ancianidad.
Aunque se agoste mi piel, aunque se corrompan mis manos, aunque mis ojos se desvanezcan, no me moveré de aquí hasta haber alcanzado la cima de la sabiduría.-
Según las escrituras, Mara se alarmó ante la posibilidad de que Siddartha triunfara y dijo al aspirante a Buda:
-Estás al borde de la muerte, flaco y con el semblante ceniciento. Tus oportunidades de sobrevivir son una entre mil. Debes vivir, pues solo con vida podrás realizar buenas acciones. Sin embargo, todo este esfuerzo que estas haciendo es inútil y estéril, pues el camino hacia el Dharma verdadero es arduo, penoso e inaccesible.-
De esta forma, la primera estrategia de Mara fue tratar de desalentar a Siddartha; viendo su fracaso, opto por tentarlo. El episodio permite vislumbrar la naturaleza de lo que llamamos Mara o función del mal. Comúnmente, uno suele pensar que el Demonio es un ser enigmático y sobrenatural, o quizás una figura mítica. Pero en el budismo, el concepto de Mara es muy distinto. Mara es parte de la vida que impregna todo el universo; al mismo tiempo, existe en el corazón y en la mente de cada ser humano. Su verdadera naturaleza, como revela el epíteto "El que sustrae la vitalidad", es obrar de manera incesante para privar a los seres humanos de fuerza vital, en forma rotunda y definitiva. En términos concretos, como vimos en el pasaje anterior de las escrituras, Mara es la fuerza negativa que surge en el interior de una persona para provocar resistencias y obstruir el despertar, cuando esta avanza hacia la meta de la iluminación y de la verdad, y se esfuerza sin límites en pos de ese objetivo.
“Si este ser humano logra liberar a sus congéneres de la esclavitud de los placeres, ¿no acabará por ser una especie de general sin ejercito?”
Pero cuando estas fuerzas destructivas simbolizadas en Mara y su cohorte aparecieron ante Siddartha, este las enfrentó valerosamente sin retroceder un solo paso. Según la escritura mencionada, Siddartha habló a Mara con las siguientes palabras:
-Gran Mal, amigo de la inactividad, has venido acá. Por tus propios intereses. No tengo la menor necesidad de acumular méritos, así que, Mara, deberías predicar a los que necesitan de virtud. Yo tengo fe, heroísmo y sabiduría. ¿Por que me pides que viva, a mí, que tengo un claro propósito por el cual vivir? Mientras la carne se aplaca, mi mente se aquieta y se afirma. He arribado a la ultima sensación; porque vivo de este modo, mi mente no ansía el placer. ¡Contempla la pureza de mi vida! El apetito sensual es tu primer ejército; el segundo es la aversión; el tercero, el hambre y la sed; el cuarto, el ansia. Tu quinto ejercito es la inercia y la pereza; y el sexto, la cobardía. El séptimo ejército es la duda; el octavo, la hipocresía y la estupidez. Y, luego, la riqueza, la fama, el honor y la gloria falsamente cosechados, mas las loas a la propia persona y el desprecio a los demás. He aquí tus ejércitos, Gran Mal. El cobarde no puede vencerlos, pero quien los aplasta logra la felicidad. Vestido de hierba Munja, luchare. Mejor es para mi morir combatiendo que vivir derrotado. Hubo ascetas y brahmanes que libraron esta contienda y acabaron vencidos. No conocen el camino por el cual marchan la virtud y el bien. Pero aun rodeado de demonios por todos los flancos, yo iré al encuentro de Mara con elefantes de guerra. ¡No tomaras mi territorio!-
lunes, noviembre 08, 2010
49-Región infernal.
Los días y las noches se sucedían mientras Siddartha permanecía sentado, inmóvil, a la sombra de la higuera. Poco a poco se iba acercando al momento en que su mente y su cuerpo, purificados por el tiempo y las duras pruebas a las que se había sometido, le permitirían alcanzar la iluminación.
El conocimiento del viaje de búsqueda de Siddartha llegó a oídos de Maya. El señor de la fantasía, el amor, la muerte y los sentidos fue advertido de que su reino sufría una grave amenaza. La vida era concebida y destruida solo por su gracia. Horrorizado al enterarse de que la vida, la procreación y el ciclo de continuación se veían desafiados por Siddartha, que se aproximaba al Nirvana, Maya acudió en defensa de la vida.El viento agitó las hojas y de pronto apareció ante Siddartha una hermosa criatura transparente, una silueta, una forma en la cual la belleza vital asumía uno de sus múltiples encantadores aspectos: el amor a la vida, al place de abrazar al ser amado, la alegría de un niño, el matrimonio, el gozo… Era Yasodhara, que reía alegremente, viva y enamorada… La forma trató de seducir a Siddartha para que abandonara sus meditaciones y gozara de la vida y sus placeres.
Siddartha abrió los ojos y reconoció lo que no era sino una faceta de la apariencia de Maya. Luego volvió a cerrar los ojos, rechazando la invitación.
Sorprendido e irritado, Maya decidió utilizar otros medios de persuasión. Profiriendo un agudo alarido, convoco a todas las fuerzas de los temores y los vicios contra Siddartha, que estaba cambiando ante la atónita mirada de Maya. La tierra tembló cuando unos espantosos monstruos, gigantes y espectros de afiladas uñas se abalanzaron sobre el príncipe, blandiendo raíces, huesos, calaveras y relámpagos. El propio Maya, montado en un monstruo marino, disparó una flecha contra Siddartha, quien permaneció inmóvil bajo el árbol.
El poder de la bondad de Siddartha creó una fuerza magnética a su alrededor que lo protegió del ataque de los monstruos. Los huesos, las calaveras y las flechas se convirtieron en flores al estrellarse contra la invisible barrera que rodeaba al joven. Siddartha permaneció sentado, con los ojos cerrados, sin perder la calma y sin dejarse influir por las atrayentes promesas ni las temibles amenazas.
Cuando Maya hubo agotado sus defensas, Siddartha abrió los ojos y lo miro. El hombre contempló con sus luminosos ojos azules la visión que estaba ante él en todas sus formas.
-No, Maya.-dijo suavemente.-Eres pura fantasía y yo te rechazo.-
Desesperado al comprobar que Siddartha se negaba a ceder ante el reino de la vida y la muerte, temiendo que su propio reino se viera sometido a nueva ley, Maya le suplico que no prosiguiera su búsqueda, aduciendo que el también había sacrificado mucho, había entregado mucho, todos los días, todos los meses, todos los años… Que mas podía pedir?
El príncipe, a punto de alcanza la iluminación, se apiado de Maya, pues comprendió que los dioses también estaban sometidos a sus propias leyes, mientras Maya seguía enumerando sus buenas obras. Sus legiones de partidarios no dudarían en confirmar todos los méritos y virtudes de Maya.
Maya miro al hombre que estaba sentado solo bajo las gruesas ramas de la higuera. No había nadie presente para defender y confirmar las obras de Siddartha, su superioridad.
-Está vencido!-exclamó Maya, con una perversa sonrisa.-No tienes a nadie que te defienda.-
Siddartha guardo silencio, mientras escuchaba el murmullo del viento y contemplaba la belleza de los árboles y las plantas. Inspirado, el príncipe toco la tierra, invitando a la naturaleza, a la que siempre había valorado y protegido, para que acudiera a defenderlo.
-Llamó a la tierra para que sea mi testigo.-contestó sonriendo.
El suelo se abrió de pronto y apareció la Madre Tierra, la madre de todas las cosas. Unas frutas rojas le rodeaban el pecho, sus rubios cabellos estaban formados por trigo y maíz, el verde de las praderas se reflejaba en sus ojos.
-Soy testigo de la bondad de este hombre en el presente y en sus numerosos pasados.-dijo con voz dulce.
La naturaleza miró a Maya sonriente, abrazando el mundo y el tiempo.
Derrotado, Maya suspiró. La ágil silueta se desvaneció, seguida por sus temibles legiones de monstruos. La desaparición de las hordas del vicio, siempre presentes en cierta medida, purifico a Siddartha de todo resto de deseo y maldad.
De repente se vio atacado por varios animales feroces y algunas serpientes. Entonces, su espíritu comprendió que aquellos animales era sus propias pasiones de las vidas precedentes, aun latentes en lo más hondo de su alma.
Vio asimismo a criminales torturados por el suplicio a que habían sido condenados; se halló envuelto en ráfagas infinitas por los espíritus de los difuntos… o sea, que estaba en una región infernal. Siddartha creyó entrever al amo de dicho reino, Kama, Dios de los deseos. Luego, Kama se transformó en Mara, Dios de la muerte.
La segunda noche, Buda entró en el mundo solitario de los espíritus dichosos. Divisó encantadores paisajes, con jardines colgantes, donde todo era paz, donde todo le susurraba al alma. Mas de pronto, observó que las almas que allí había estaban unidas a la tierra por unos hilos casi invisibles. Siddartha lo entendió: aquellas almas todavía estaban unidas a sus pasiones terrenales, por lo que se veían obligadas a realizar nuevas sucesivas encarnaciones.
miércoles, mayo 26, 2010
48-Encuentro con uno mismo.
Una profecía hecha al Tson-khapa en Mandchuchrimulatantram, decía:
“Si acaso llego a penetrar en el Nirvana y la superficie de la Tierra queda vacía de mi, entonces, tú, hijo mío tan querido, realizarás la obra de Buda, y este país se convertirá en un espacioso jardín bienaventurado y florido.”
Algunos habían nacido en la miseria, otros, en circunstancias afortunadas. Concentrando su determinación en ello, rastreó la causa de esa diferencia.
Y observó: -Los que padecen el karma de ser desdichados han cometido malas acciones, en hechos, palabras o pensamientos, y han calumniado a los practicantes de la ley verdadera, en alguna existencia pasada. Lo que formo la base para su conducta equivocada fue el apego a opiniones erróneas. En consecuencia, llevan con ellos el karma de ser infelices después de la muerte y en la próxima existencia. Por el contrario, los que fueron buenos y virtuosos en sus acciones, palabras y pensamientos, no calumniaron a los practicantes de la ley verdadera y se condujeron apropiadamente, sobre la base de opiniones correctas, disfrutaron de felicidad de las existencias siguientes.
La vida presente esta determinada por el karma acumulado en existencias pasadas, mientras que las existencias futuras se deciden por nuestras acciones en esta vida.
Siddartha comprendió esto sin sombra de duda. Preciso, de manera evidente, la inexorable ley de causa y efecto que opera en la vida de las personas a lo largo del interminable ciclo de la vida y la muerte. A medida que la noche avanzaba a su alrededor, se acentuaba la profunda búsqueda espiritual con el sentimiento de que el y el infinito universo eran uno.
Siddartha, sin embargo, se quedo meditando en el bosque. Entonces se cruzó en su camino Gotama, el ilustre; lo saludó con respeto y al ver la mirada del Buda tan llena de paz y bondad, el joven tuvo valor para solicitar al venerable que le permitiera hablarle. En silencio, el ilustre le concedió el permiso.
Siddartha balbuceó: -Venerable, he admirado sobre todo una cosa en tu doctrina. Todo en ella esta perfectamente claro y comprobado, muestras el mundo como una cadena perfecta que nunca se interrumpe como una eterna cadena de hecha de causas y efectos. Jamás se había visto eso con tanta claridad, nunca había sido demostrado tan indiscutiblemente; en verdad, el corazón del brahmán palpita con más fuerza cuando ve el mundo a través de tu doctrina, como perfecta relación, ininterrumpida, lucida como un cristal, independiente de la casualidad y de los dioses. Quedaba la incertidumbre de saber si el mundo es bueno o malo, si la vida en si es sufrimiento o alegría; quizá sea porque ello no es esencial. Pero la unidad del mundo, la relación entre todo lo que sucede, el enlace de todo lo grande y lo pequeño por la misma corriente, por la misma ley de las causas del nacer y morir, todo eso brilla con luz propia en tu majestuosa doctrina. No obstante, según tu propia teoría, esa unidad y consecuencia lógica de todas las cosas, a pesar de todo se encuentra cortada en un punto, en un pequeño resquicio por donde entra en este mundo de la unidad algo extraño, algo nuevo, algo que antes no existía, y que no puede ser enseñado ni demostrado: esa es tu doctrina de la superación del mundo, de la salvación. Pero con este pequeño resquicio, con esa pequeña fisura, la eterna ley uniforme del mundo queda destruida y anulada otra vez. Perdóname, si pongo tal objeción.
Buda le había escuchado con tranquilidad, sin moverse. Con voz bondadosa, cortes y clara le contestó ahora: -Tú has escuchado la doctrina, hijo de brahmán. ¡Dichoso tu de haber pensado tanto en ella! Has encontrado una falla. Sigue pensando en la doctrina. Pero deja que te avise, tu que tienes tanta avidez de saber a pesar de la diversidad de opiniones y la contradicción de las palabras. No importan las opiniones, sean buenas o malas, inteligentes o insensatas; cualquiera puede defenderlas o rechazarlas. Pero la doctrina que has oído de mis labios no es mi opinión, ni su objetivo es explicar el mundo para los que tienen afán de saber. Su fin es otro: es la redención de los sufrimientos. Eso es lo que enseña Buda y nada más.-
-No me guardes rencor, majestuoso.-exclamó el joven.-No te hable así para discutir sobre palabras. Desde luego, tienes razón, y poco importan las opiniones. Pero déjame decir una cosa mas: ni un momento he dudado que tu fueras el Buda, de que hubieras llegado a la meta, al máximo, hacia el que tanto brahmanes e hijos de brahmanes se hallan en camino. Has encontrado la redención de la muerte. La has hallado con tu misma búsqueda, con tu propio camino, a través de pensamientos, meditaciones, ciencia, reflexión, inspiración. ¡Pero no la has encontrado a través de una doctrina! Yo pienso, majestuoso, que nadie encuentra la redención a través de la doctrina. ¡A nadie, venerable, le podrás comunicar con palabras y a través de la doctrina lo que te ha sucedido a ti en el momento de tu iluminación! Mucho es lo que contiene la doctrina del inspirado Buda, a muchos les enseña a vivir honradamente, a evitar el mal. Pero esta doctrina tan clara y tan venerable no contiene un elemento: el secreto de lo que el majestuoso mismo ha vivido, el solo, entre centenares de miles de personas. Esto es lo que he pensado y comprendido cuando escuchaba tu doctrina. Y por ello continuo mi peregrinación. No para buscar una doctrina mejor, pues sé que no la hay, sino para dejar todas las doctrinas y todos los profesores, y para llegar solo a mi meta o morir. Sin embargo, a menudo me acordare de este día, venerable, y de esta hora en la que mis ojos vieron a un santo.-
El Buda bajó los ojos; en su rostro impenetrable resplandecía la tranquilidad del alma. Siddartha era el Buda.
“Si acaso llego a penetrar en el Nirvana y la superficie de la Tierra queda vacía de mi, entonces, tú, hijo mío tan querido, realizarás la obra de Buda, y este país se convertirá en un espacioso jardín bienaventurado y florido.”
Algunos habían nacido en la miseria, otros, en circunstancias afortunadas. Concentrando su determinación en ello, rastreó la causa de esa diferencia.
Y observó: -Los que padecen el karma de ser desdichados han cometido malas acciones, en hechos, palabras o pensamientos, y han calumniado a los practicantes de la ley verdadera, en alguna existencia pasada. Lo que formo la base para su conducta equivocada fue el apego a opiniones erróneas. En consecuencia, llevan con ellos el karma de ser infelices después de la muerte y en la próxima existencia. Por el contrario, los que fueron buenos y virtuosos en sus acciones, palabras y pensamientos, no calumniaron a los practicantes de la ley verdadera y se condujeron apropiadamente, sobre la base de opiniones correctas, disfrutaron de felicidad de las existencias siguientes.
La vida presente esta determinada por el karma acumulado en existencias pasadas, mientras que las existencias futuras se deciden por nuestras acciones en esta vida.
Siddartha comprendió esto sin sombra de duda. Preciso, de manera evidente, la inexorable ley de causa y efecto que opera en la vida de las personas a lo largo del interminable ciclo de la vida y la muerte. A medida que la noche avanzaba a su alrededor, se acentuaba la profunda búsqueda espiritual con el sentimiento de que el y el infinito universo eran uno.
Siddartha, sin embargo, se quedo meditando en el bosque. Entonces se cruzó en su camino Gotama, el ilustre; lo saludó con respeto y al ver la mirada del Buda tan llena de paz y bondad, el joven tuvo valor para solicitar al venerable que le permitiera hablarle. En silencio, el ilustre le concedió el permiso.
Siddartha balbuceó: -Venerable, he admirado sobre todo una cosa en tu doctrina. Todo en ella esta perfectamente claro y comprobado, muestras el mundo como una cadena perfecta que nunca se interrumpe como una eterna cadena de hecha de causas y efectos. Jamás se había visto eso con tanta claridad, nunca había sido demostrado tan indiscutiblemente; en verdad, el corazón del brahmán palpita con más fuerza cuando ve el mundo a través de tu doctrina, como perfecta relación, ininterrumpida, lucida como un cristal, independiente de la casualidad y de los dioses. Quedaba la incertidumbre de saber si el mundo es bueno o malo, si la vida en si es sufrimiento o alegría; quizá sea porque ello no es esencial. Pero la unidad del mundo, la relación entre todo lo que sucede, el enlace de todo lo grande y lo pequeño por la misma corriente, por la misma ley de las causas del nacer y morir, todo eso brilla con luz propia en tu majestuosa doctrina. No obstante, según tu propia teoría, esa unidad y consecuencia lógica de todas las cosas, a pesar de todo se encuentra cortada en un punto, en un pequeño resquicio por donde entra en este mundo de la unidad algo extraño, algo nuevo, algo que antes no existía, y que no puede ser enseñado ni demostrado: esa es tu doctrina de la superación del mundo, de la salvación. Pero con este pequeño resquicio, con esa pequeña fisura, la eterna ley uniforme del mundo queda destruida y anulada otra vez. Perdóname, si pongo tal objeción.
Buda le había escuchado con tranquilidad, sin moverse. Con voz bondadosa, cortes y clara le contestó ahora: -Tú has escuchado la doctrina, hijo de brahmán. ¡Dichoso tu de haber pensado tanto en ella! Has encontrado una falla. Sigue pensando en la doctrina. Pero deja que te avise, tu que tienes tanta avidez de saber a pesar de la diversidad de opiniones y la contradicción de las palabras. No importan las opiniones, sean buenas o malas, inteligentes o insensatas; cualquiera puede defenderlas o rechazarlas. Pero la doctrina que has oído de mis labios no es mi opinión, ni su objetivo es explicar el mundo para los que tienen afán de saber. Su fin es otro: es la redención de los sufrimientos. Eso es lo que enseña Buda y nada más.-
-No me guardes rencor, majestuoso.-exclamó el joven.-No te hable así para discutir sobre palabras. Desde luego, tienes razón, y poco importan las opiniones. Pero déjame decir una cosa mas: ni un momento he dudado que tu fueras el Buda, de que hubieras llegado a la meta, al máximo, hacia el que tanto brahmanes e hijos de brahmanes se hallan en camino. Has encontrado la redención de la muerte. La has hallado con tu misma búsqueda, con tu propio camino, a través de pensamientos, meditaciones, ciencia, reflexión, inspiración. ¡Pero no la has encontrado a través de una doctrina! Yo pienso, majestuoso, que nadie encuentra la redención a través de la doctrina. ¡A nadie, venerable, le podrás comunicar con palabras y a través de la doctrina lo que te ha sucedido a ti en el momento de tu iluminación! Mucho es lo que contiene la doctrina del inspirado Buda, a muchos les enseña a vivir honradamente, a evitar el mal. Pero esta doctrina tan clara y tan venerable no contiene un elemento: el secreto de lo que el majestuoso mismo ha vivido, el solo, entre centenares de miles de personas. Esto es lo que he pensado y comprendido cuando escuchaba tu doctrina. Y por ello continuo mi peregrinación. No para buscar una doctrina mejor, pues sé que no la hay, sino para dejar todas las doctrinas y todos los profesores, y para llegar solo a mi meta o morir. Sin embargo, a menudo me acordare de este día, venerable, y de esta hora en la que mis ojos vieron a un santo.-
El Buda bajó los ojos; en su rostro impenetrable resplandecía la tranquilidad del alma. Siddartha era el Buda.
martes, julio 17, 2007
47-El arbol Bodhi.
Cruzó el río y, por fin, encontró una enorme higuera pipal. Se sentó a la sombra del follaje, cruzo las piernas y adopto la posición del loto.
Prometió: “Permaneceré en esta posición hasta que haya logrado la verdadera iluminación, aunque el calor marchite mi cuerpo mientras lo intento.” Y cerró suavemente los ojos, devorando lentamente el recuerdo del mundo exterior e interiorizándolo, penetrando en la última etapa de su viaje de búsqueda.
De tanto en tanto, el viento susurraba entre las ramas, pero Siddharta, perdido en una honda contemplación, no se movió.
Continuo su meditación bajó el árbol elegido. Según las escrituras budistas, en ese momento, los demonios comenzaron a tentarlo. El relato de los medios que usaron para incitarlo difiere según el texto, pero es interesante señalar que algunos incluyen abordajes sutiles y emotivos.
Por ejemplo, en una oportunidad, el demonio trató de hacerlo vacilar susurrándole con suavidad:
-Mira que demacrado estas, que pálido está tu rostro. Seguramente estas al borde de la muerte. Si continúas sentado aquí, de esta manera, será un milagro que sobrevivas.-
Después de señalarle el peligro en el que estaba y de instarlo con énfasis a vivir, trato de persuadirlo de que si seguía las enseñanzas del Brahmanismo, acumularía gran beneficio sin tener que experimentar tantas penurias. Declaro que los esfuerzos de Siddharta por lograr la iluminación no tenían sentido.
El episodio presentado como tentación de los demonios simboliza la intensa contienda que tuvo lugar dentro de él.
Lo asalto la duda, que quebranto su paz interior y arrojo su mente a la confusión. El cuerpo extremadamente débil y las reservas físicas agotadas fueron un campo fértil. También el espectro de la muerte se presento para acosarlo. El tormento mental era enorme; sabía que no había obtenido nada de las intensas austeridades que había emprendido. Este esfuerzo ¿seria también inútil? Estaba plagado de deseos mundanos, atormentado por el hambre y la necesidad de dormir, hostigado por el temor y la duda.
Los demonios son las funciones de los deseos mundanos y de las ilusiones; intentan perturbar la mente de quienes buscan el camino a la verdadera iluminación. Algunas veces, se manifiestan como apego a los deseos terrenales, hambre o sueño. Otras, torturan la mente asumiendo la forma de ansiedad, miedo o incertidumbre.
Las personas que son desviadas por tales demonios, siempre justifican su fracaso de alguna manera. Se convencen de que el motivo que esgrimen es perfectamente razonable y natural.
Por ejemplo, como en la época de Siddharta todavía nadie había logrado la iluminación, podría haber concebido la idea de que la meditación bajo el árbol pipal tal vez no era útil.
Con frecuencia, las funciones demoníacas hacen que la gente se aferre a alguna lógica que justifique su debilidad y sus necesidades emocionales.
Sin embargo, Siddharta vio a esas funciones demoníacas tal cual son, extrajo una poderosa fuerza vital y arraso con los pensamientos destructivos que lo invadían. En su corazón clamo: “Demonios! Ustedes pueden derrotar a un cobarde, pero el valiente triunfara. Luchare. ¡En vez de vivir en la derrota, moriré peleando!”
Ese pensamiento hizo que su mente regresara al estado de tranquilidad.
Lo envolvió el sereno manto de la noche, cuajado de estrellas que titilaban con un brillo puro y cristalino.
Luego de superar la violenta embestida de las fuerzas diabólicas, la mente de Siddharta quedo fresca y vigorosa; su espíritu estaba tan claro, como un despejado cielo azul.
Afirmo un estado interior inamovible y centro su atención en el pasado. Intento una visión retrospectiva y, de inmediato, comenzaron a aparecer las imágenes de su vida anterior. A medida que avanzaba en su búsqueda interna, recuerdos de incontables existencias pasadas se presentaron vividamente, uno tras otro. Y fue mas allá; recordó las innumerables formaciones y destrucciones del universo.
Se dio cuenta de que el presente, este momento en que se encontraba sentado meditando bajo el árbol pipal , era parte de un ciclo interminable de nacimiento, muerte y renacimiento, desde el tiempo sin comienzo. Despertó así a la naturaleza eterna de la vida, que abarca el pasado, el presente y el futuro.
Entonces, se disiparon todos los temores y las dudas que había existido en las profundidades de su ser, como un pesado lastre, desde el nacimiento. Finalmente, había llegado a las hondas e inconmovibles raíces de su propia existencia. Sintió que la oscuridad ilusoria que lo había envuelto se disipaba a medida que la brillante luz de la sabiduría lo iluminaba. Había abierto dentro de si un estado de vida tan amplio como la imponente vista que se obtiene desde un mirador libre de obstáculos, emplazado en la cima de una elevada montaña.
Con esa aguda percepción, Siddartha fijo su interés en el karma de todos los seres vivos. Por su mente desfilaron las imágenes de toda clase de individuos que pasaban por ciclos interminables de nacimiento y muerte.
De tanto en tanto, el viento susurraba entre las ramas, pero Siddharta, perdido en una honda contemplación, no se movió.
Continuo su meditación bajó el árbol elegido. Según las escrituras budistas, en ese momento, los demonios comenzaron a tentarlo. El relato de los medios que usaron para incitarlo difiere según el texto, pero es interesante señalar que algunos incluyen abordajes sutiles y emotivos.
Por ejemplo, en una oportunidad, el demonio trató de hacerlo vacilar susurrándole con suavidad:
-Mira que demacrado estas, que pálido está tu rostro. Seguramente estas al borde de la muerte. Si continúas sentado aquí, de esta manera, será un milagro que sobrevivas.-
Después de señalarle el peligro en el que estaba y de instarlo con énfasis a vivir, trato de persuadirlo de que si seguía las enseñanzas del Brahmanismo, acumularía gran beneficio sin tener que experimentar tantas penurias. Declaro que los esfuerzos de Siddharta por lograr la iluminación no tenían sentido.
El episodio presentado como tentación de los demonios simboliza la intensa contienda que tuvo lugar dentro de él.
Lo asalto la duda, que quebranto su paz interior y arrojo su mente a la confusión. El cuerpo extremadamente débil y las reservas físicas agotadas fueron un campo fértil. También el espectro de la muerte se presento para acosarlo. El tormento mental era enorme; sabía que no había obtenido nada de las intensas austeridades que había emprendido. Este esfuerzo ¿seria también inútil? Estaba plagado de deseos mundanos, atormentado por el hambre y la necesidad de dormir, hostigado por el temor y la duda.
Los demonios son las funciones de los deseos mundanos y de las ilusiones; intentan perturbar la mente de quienes buscan el camino a la verdadera iluminación. Algunas veces, se manifiestan como apego a los deseos terrenales, hambre o sueño. Otras, torturan la mente asumiendo la forma de ansiedad, miedo o incertidumbre.
Las personas que son desviadas por tales demonios, siempre justifican su fracaso de alguna manera. Se convencen de que el motivo que esgrimen es perfectamente razonable y natural.
Por ejemplo, como en la época de Siddharta todavía nadie había logrado la iluminación, podría haber concebido la idea de que la meditación bajo el árbol pipal tal vez no era útil.
Con frecuencia, las funciones demoníacas hacen que la gente se aferre a alguna lógica que justifique su debilidad y sus necesidades emocionales.
Sin embargo, Siddharta vio a esas funciones demoníacas tal cual son, extrajo una poderosa fuerza vital y arraso con los pensamientos destructivos que lo invadían. En su corazón clamo: “Demonios! Ustedes pueden derrotar a un cobarde, pero el valiente triunfara. Luchare. ¡En vez de vivir en la derrota, moriré peleando!”
Ese pensamiento hizo que su mente regresara al estado de tranquilidad.
Lo envolvió el sereno manto de la noche, cuajado de estrellas que titilaban con un brillo puro y cristalino.
Luego de superar la violenta embestida de las fuerzas diabólicas, la mente de Siddharta quedo fresca y vigorosa; su espíritu estaba tan claro, como un despejado cielo azul.
Afirmo un estado interior inamovible y centro su atención en el pasado. Intento una visión retrospectiva y, de inmediato, comenzaron a aparecer las imágenes de su vida anterior. A medida que avanzaba en su búsqueda interna, recuerdos de incontables existencias pasadas se presentaron vividamente, uno tras otro. Y fue mas allá; recordó las innumerables formaciones y destrucciones del universo.
Se dio cuenta de que el presente, este momento en que se encontraba sentado meditando bajo el árbol pipal , era parte de un ciclo interminable de nacimiento, muerte y renacimiento, desde el tiempo sin comienzo. Despertó así a la naturaleza eterna de la vida, que abarca el pasado, el presente y el futuro.
Entonces, se disiparon todos los temores y las dudas que había existido en las profundidades de su ser, como un pesado lastre, desde el nacimiento. Finalmente, había llegado a las hondas e inconmovibles raíces de su propia existencia. Sintió que la oscuridad ilusoria que lo había envuelto se disipaba a medida que la brillante luz de la sabiduría lo iluminaba. Había abierto dentro de si un estado de vida tan amplio como la imponente vista que se obtiene desde un mirador libre de obstáculos, emplazado en la cima de una elevada montaña.
Con esa aguda percepción, Siddartha fijo su interés en el karma de todos los seres vivos. Por su mente desfilaron las imágenes de toda clase de individuos que pasaban por ciclos interminables de nacimiento y muerte.
viernes, julio 13, 2007
46-Maestro de si mismo.
Rudraka Bramaputra, este vivía cerca de la ciudad de Rajagriha, en Magadha, y era mentor de setecientos discípulos. Siddartha alcanzo muy pronto el nivel "donde no existe el pensamiento ni el no pensamiento." Pero advirtió que esto tampoco lo conduciría al tipo de iluminación que buscaba, y también dijo adiós a este maestro.
El alumno estaba sentado con las piernas cruzadas, inmerso en una profunda meditación, mientras Rudraka permanecía detrás de el, sosteniendo las manos sobre la cabeza de Siddartha, con las palmas hacia abajo. La voz del yogui se mezclaba con el sonido de las placidas aguas del lago subterráneo.
-Los elementos del cuerpo son los siguientes: la tierra, el fuego, el aire, el agua y el éter, la conciencia del hombre. Deseas traspasar ese umbral?-pregunto el yogui.
-Si.-respondió Siddartha, con los ojos cerrados.
-Entonces, mira a través de mis ojos.-le indico Rudraka.-Penetra en la transparente luz donde la tierra se une al fuego.
Siddartha llevaba practicando varias semanas el proceso de relajación que le había enseñado Rudraka, un proceso que conducía a la suspensión de todo movimiento.
-Penetra en la transparente luz donde el fuego se une al aire…-prosiguió Rudraka, tan concentrado como su discípulo.
Esta última orden hizo que se detuviera el sistema respiratorio de Siddartha. El aire que circundaba su cuerpo permanecía inmóvil.
-Penetra en la transparente luz donde el agua se une al éter de la conciencia…-
Rudraka acompaño a Siddartha en su viaje a las insondables profundidades, mientras el joven enviaba unas órdenes mentales a su cuerpo. Unas órdenes que obligaban a su sistema circulatorio a ir reduciendo toda su actividad hasta detenerse por completo.
Todo estaba inmóvil y en silencio.
-Has traspasado el umbral?-inquirió el yogui.
-Si.-respondió Siddartha. Su voz reverbero entre los muros de la cueva.
-Entonces, continúa. Penetra en la transparente luz…
Siddartha se sumergió en la transparente luz, en medio de la cual apareció el inmenso y poderoso océano. Siddartha avanzo hacia las gigantescas olas. De pronto, cuando el mar le alcanzaba las rodillas, desapareció, dejando a Siddartha tendido en el suelo, sudoroso y jadeando.
-Solo puedo guiarte hasta el punto en que tu mismo controles plenamente tu mente y tu cuerpo,-dijo el yogui.-hasta el momento en que consigas que el alma se separe del cuerpo. Más allá… Serás el primero que lo consiga, y debes ir solo.-
Siddartha miro a Rudraka, el maestro que lo había guiado en su viaje. Los dos sabían que el yogui había alcanzado sus límites y que a partir de allí Siddartha debía continuar solo. Aun no había obtenido las respuestas que buscaba, pero la magia de los nuevos conocimientos lo guiaría como una antorcha.
Siddartha recogió el cuenco y se dirigió hacia el túnel que conducía al mundo exterior. Rudraka lo observo, satisfecho de haber participado en el proceso que finalmente conduciría a Siddartha a la iluminación que buscaba.
Cuando alcanzo la boca del túnel, Siddartha se volvió para dar las gracias a Rudraka por todas sus enseñanzas. Rudraka se inclino con las palmas unidas en la frente en un gesto de respeto y admiración por el futuro del joven.
Al salir de la gruta, Siddartha miro a su alrededor, satisfecho de encontrarse de nuevo en la superficie de la tierra. Los colores naturales del mundo refulgían bajo el sol. Solo, sosteniendo el cuenco entre las manos, echo a caminar hacia el horizonte. Anduvo a lo largo de muchos kilómetros, a través de un territorio seco y desértico donde los lagartos corrían sobre las abrasadoras arenas. Su cuerpo domino la privación de comida y agua, el clima ya no le afectaba, se mostraba indiferente al calor y al hielo. Avanzaba automáticamente, mientras sus sentimientos y pensamientos convergían en pos de la verdad, la justicia, la bondad, rechazando determinados conceptos…
De acuerdo con la leyenda, se baño en el río Nairanjana para quitarse la tierra y la suciedad del cuerpo, aunque se encontraba tan débil que apenas logro trepar el terraplén de la orilla cuando termino sus abluciones. La costumbre de bañarse en el río para obtener purificación física y espiritual es característica del pueblo indio y hasta el día de hoy cuenta con muchos cultores. Aunque las aguas de este río sean turbias y sucias, los indios creen que, al sumergir el cuerpo en ellas, se liberan del ciclo de transmigración.
El tiempo transcurría lentamente, el paisaje se modificaba. Siddartha prosiguió su camino. Los árboles le ofrecían mangos y demás frutas exóticas.
Al cabo de un rato, Siddartha llego a un hermoso parque a través del cual fluía un arroyo. El joven príncipe se arrodillo junto al arroyo y se lavo la cara. La frescura del agua lo reanimo. Luego levanto la cabeza para contemplar el mundo que se extendía ante sus ojos.
En medio del parque se alzaba una gigantesca higuera, sólida como el cielo y firme como la tierra, cuyas ramas proporcionaban sombra. De la base del árbol brotaban unas gruesas y retorcidas raíces.
Cautivado por su poder y belleza, Siddartha atravesó el arroyo y se dirigió hacia la higuera. Cuando la hubo alcanzado, un sentimiento de certeza se apodero de el.
Las hojas del árbol y la lujuriante naturaleza que lo rodeaba murmuraban a través de la brisa: “este es el lugar donde debes buscar la iluminación…”
Siddartha se sentó a los pies del árbol, con las piernas cruzadas, en la posición del loto.
Según se sabe, era común que los ascetas indios, en aquellos tiempos, se sentaran a meditar bajo los árboles. Las escrituras budistas y otros textos describen a menudo la presencia de anacoretas, sentados a la sombra de los árboles, practicando la contemplación con la esperanza de comprender la naturaleza de su o interior o la realidad suprema. La higuera pipal, con sus anchas raíces y su follaje frondoso, era vista como un árbol sagrado desde tiempos muy remotos, y considerada un lugar propicio para la contemplación de la inmortalidad. No ha de sorprender, entonces, que Siddartha haya escogido un árbol así para sentarse a meditar, en el último tramo de su periplo hacia la iluminación.
Creía que comprender las causas era precisamente pensar, y que solo a través de la razón, los sentimientos pueden convertirse en comprensión, es decir, que no se pierden, sino que se transforman en realidad y empiezan a madurarse.
Siddartha reflexiono mientras caminaba lentamente. Se dio cuenta de que ya no era un joven, sino que se había convertido en hombre. Sentía que algo le había abandonado, como la vieja piel desampara a la serpiente; comprendió que algo ya no existía en el, algo que siempre le había acompañado y que había sido parte de su ser durante toda su juventud: el deseo de tener profesores y de recibir enseñanzas.
El alumno estaba sentado con las piernas cruzadas, inmerso en una profunda meditación, mientras Rudraka permanecía detrás de el, sosteniendo las manos sobre la cabeza de Siddartha, con las palmas hacia abajo. La voz del yogui se mezclaba con el sonido de las placidas aguas del lago subterráneo.
-Los elementos del cuerpo son los siguientes: la tierra, el fuego, el aire, el agua y el éter, la conciencia del hombre. Deseas traspasar ese umbral?-pregunto el yogui.
-Si.-respondió Siddartha, con los ojos cerrados.
-Entonces, mira a través de mis ojos.-le indico Rudraka.-Penetra en la transparente luz donde la tierra se une al fuego.
Siddartha llevaba practicando varias semanas el proceso de relajación que le había enseñado Rudraka, un proceso que conducía a la suspensión de todo movimiento.
-Penetra en la transparente luz donde el fuego se une al aire…-prosiguió Rudraka, tan concentrado como su discípulo.
Esta última orden hizo que se detuviera el sistema respiratorio de Siddartha. El aire que circundaba su cuerpo permanecía inmóvil.
-Penetra en la transparente luz donde el agua se une al éter de la conciencia…-
Rudraka acompaño a Siddartha en su viaje a las insondables profundidades, mientras el joven enviaba unas órdenes mentales a su cuerpo. Unas órdenes que obligaban a su sistema circulatorio a ir reduciendo toda su actividad hasta detenerse por completo.
Todo estaba inmóvil y en silencio.
-Has traspasado el umbral?-inquirió el yogui.
-Si.-respondió Siddartha. Su voz reverbero entre los muros de la cueva.
-Entonces, continúa. Penetra en la transparente luz…
Siddartha se sumergió en la transparente luz, en medio de la cual apareció el inmenso y poderoso océano. Siddartha avanzo hacia las gigantescas olas. De pronto, cuando el mar le alcanzaba las rodillas, desapareció, dejando a Siddartha tendido en el suelo, sudoroso y jadeando.
-Solo puedo guiarte hasta el punto en que tu mismo controles plenamente tu mente y tu cuerpo,-dijo el yogui.-hasta el momento en que consigas que el alma se separe del cuerpo. Más allá… Serás el primero que lo consiga, y debes ir solo.-
Siddartha miro a Rudraka, el maestro que lo había guiado en su viaje. Los dos sabían que el yogui había alcanzado sus límites y que a partir de allí Siddartha debía continuar solo. Aun no había obtenido las respuestas que buscaba, pero la magia de los nuevos conocimientos lo guiaría como una antorcha.
Siddartha recogió el cuenco y se dirigió hacia el túnel que conducía al mundo exterior. Rudraka lo observo, satisfecho de haber participado en el proceso que finalmente conduciría a Siddartha a la iluminación que buscaba.
Cuando alcanzo la boca del túnel, Siddartha se volvió para dar las gracias a Rudraka por todas sus enseñanzas. Rudraka se inclino con las palmas unidas en la frente en un gesto de respeto y admiración por el futuro del joven.
Al salir de la gruta, Siddartha miro a su alrededor, satisfecho de encontrarse de nuevo en la superficie de la tierra. Los colores naturales del mundo refulgían bajo el sol. Solo, sosteniendo el cuenco entre las manos, echo a caminar hacia el horizonte. Anduvo a lo largo de muchos kilómetros, a través de un territorio seco y desértico donde los lagartos corrían sobre las abrasadoras arenas. Su cuerpo domino la privación de comida y agua, el clima ya no le afectaba, se mostraba indiferente al calor y al hielo. Avanzaba automáticamente, mientras sus sentimientos y pensamientos convergían en pos de la verdad, la justicia, la bondad, rechazando determinados conceptos…
De acuerdo con la leyenda, se baño en el río Nairanjana para quitarse la tierra y la suciedad del cuerpo, aunque se encontraba tan débil que apenas logro trepar el terraplén de la orilla cuando termino sus abluciones. La costumbre de bañarse en el río para obtener purificación física y espiritual es característica del pueblo indio y hasta el día de hoy cuenta con muchos cultores. Aunque las aguas de este río sean turbias y sucias, los indios creen que, al sumergir el cuerpo en ellas, se liberan del ciclo de transmigración.
El tiempo transcurría lentamente, el paisaje se modificaba. Siddartha prosiguió su camino. Los árboles le ofrecían mangos y demás frutas exóticas.
Al cabo de un rato, Siddartha llego a un hermoso parque a través del cual fluía un arroyo. El joven príncipe se arrodillo junto al arroyo y se lavo la cara. La frescura del agua lo reanimo. Luego levanto la cabeza para contemplar el mundo que se extendía ante sus ojos.
En medio del parque se alzaba una gigantesca higuera, sólida como el cielo y firme como la tierra, cuyas ramas proporcionaban sombra. De la base del árbol brotaban unas gruesas y retorcidas raíces.
Cautivado por su poder y belleza, Siddartha atravesó el arroyo y se dirigió hacia la higuera. Cuando la hubo alcanzado, un sentimiento de certeza se apodero de el.
Las hojas del árbol y la lujuriante naturaleza que lo rodeaba murmuraban a través de la brisa: “este es el lugar donde debes buscar la iluminación…”
Siddartha se sentó a los pies del árbol, con las piernas cruzadas, en la posición del loto.
Según se sabe, era común que los ascetas indios, en aquellos tiempos, se sentaran a meditar bajo los árboles. Las escrituras budistas y otros textos describen a menudo la presencia de anacoretas, sentados a la sombra de los árboles, practicando la contemplación con la esperanza de comprender la naturaleza de su o interior o la realidad suprema. La higuera pipal, con sus anchas raíces y su follaje frondoso, era vista como un árbol sagrado desde tiempos muy remotos, y considerada un lugar propicio para la contemplación de la inmortalidad. No ha de sorprender, entonces, que Siddartha haya escogido un árbol así para sentarse a meditar, en el último tramo de su periplo hacia la iluminación.
Creía que comprender las causas era precisamente pensar, y que solo a través de la razón, los sentimientos pueden convertirse en comprensión, es decir, que no se pierden, sino que se transforman en realidad y empiezan a madurarse.
Siddartha reflexiono mientras caminaba lentamente. Se dio cuenta de que ya no era un joven, sino que se había convertido en hombre. Sentía que algo le había abandonado, como la vieja piel desampara a la serpiente; comprendió que algo ya no existía en el, algo que siempre le había acompañado y que había sido parte de su ser durante toda su juventud: el deseo de tener profesores y de recibir enseñanzas.
viernes, junio 29, 2007
45-Rudraka.
Siddartha, cuya túnica roja se había desteñido debido a los efectos del solo, dejo a Alara y comenzó a descender la montaña. En la mano sostenía el regalo que su maestro le había hecho: un cuenco de madera que utilizaban todos los ascetas para pedir limosna y satisfacer el deseo de quien deseaba ganarse un mejor karma dando comida a un asceta.
Tras un peligroso descenso por la montaña, luchando contra la atracción del abismo que se abría a sus pies, Siddartha prosiguió su camino a través de valles y llanuras, cuya hierba servia de bálsamo a sus doloridos pies.
Recorrió muchos kilómetros, buscando a través de numerosas aldeas, razas y creencias. En todas partes se detenía para hacer preguntas, que se quedaban sin respuesta.
Las preguntas lo condujeron a unos jardines donde encontró cinco yoguis, quienes reconocieron de inmediato su superioridad. Siddartha se sentó junto a ellos y se dispuso a buscar el Nirvana, el estado que trasciende el sufrimiento mediante la meditación. Los yoguis lo imitaron, meditando y ayunando.
El tiempo transcurrió lentamente, mientras el cuerpo de Siddartha se fue consumiendo hasta convertirse en un saco de huesos. La tierra giro alrededor del sol una y otra vez, pero pese a sus esfuerzos, Siddartha no lograba hallar las respuestas que buscaba. Al fin, desnutrido y muy debilitado, comprendió que ese no era el camino correcto. Como era posible que costara tantos esfuerzos y sacrificios encontrar la respuesta a una pregunta tan sencilla?
Siddartha abrió los ojos y contemplo la belleza de los verdes prados y los árboles Tala, cuyas abundantes hojas caían hasta el suelo. Contemplo el cielo, percibiendo el calor del sol y el canto de los pájaros. Al fin, cediendo ante las fuerzas de la naturaleza, comió un cuenco de arroz que le había dejado Sujeta, una joven aldeana que pasaba junto a el todos los días de camino al arroyo y que lo miraba embelesada.
Los yoguis, horrorizados al comprobar que había sucumbido a la tentación, rechazaron su presencia, negaron su superioridad, y siguieron ayunando.
Siddartha siguió caminando a través de unas marismas infestadas de insectos y enfermedades, campos, ciudades y países, los cuales padecían de los mismos males.
Al final, débil y fatigado, llego a un lugar donde la rojiza tierra y el polvo relucían como un espejismo. Un montón de rocas ocultaban la gruta donde decían que vivía Rudraka el yogui. Confiando en adquirir de el lo que los demás no habían podido proporcionarle, Siddartha retiro las rocas que ocluían la entrada y penetro en la oscura gruta.
Tras avanzar por un túnel que conducía a las mismas entrañas de la tierra, Siddartha llego a una magnifica gruta repleta de estalactitas e iluminada por millares de luciérnagas. A sus pies se extendía un lago subterráneo en cuyas placidas aguas se reflejaban todas las tonalidades de ocres de la tierra.
Sentado junto al lago, con las piernas cruzadas, había un anciano de porte majestuoso, con sus negros cabellos sujetos en una cola de caballo. Sus rasgados ojos, bajo unas cejas inexistentes, contemplaban unos misterios inaccesibles para el resto de los mortales. Su indumentaria consistía únicamente en un taparrabos de algodón marrón. Todo su ser exhalaba un aire mágico, como si fuera capaz de transformarse súbitamente en un dragón.
Al ver a Siddartha, Rudraka se levanto y se inclino ante el, con las manos unidas en actitud de oración.
-Hace tiempo que espero al iluminado.-dijo.
-Me envía Alara. He meditado y he ayunado.-dijo el joven príncipe con una sonrisa.-He renunciado a los placeres de la carne, he aprendido a dominar los deseos de mi cuerpo. Antes de iniciar mi búsqueda, había trascendido mi cuerpo, mi mente, mi conciencia, pero no conseguí fundirme con el océano, aunque se que puedo hacerlo.
Rudraka observo a Siddartha. Ante sus ojos estaba un joven que irradiaba una luz interior que empezaba a resplandecer. El asceta se acaricio la barbilla con aire pensativo.
-Existe cierto riesgo. El océano se extiende más allá de la nada. No tiene espacio, ni tiempo, ni ningún punto de referencia; todo se vuelve relativo.-
-Forma ya parte de mi ser.-respondió Siddartha.-Debo completar mi karma.-
Rudraka le indico que se colocara junto a el y, de pronto, como por arte de magia, apareció en la oscuridad un reflejo del joven príncipe. Fascinado, este contemplo su imagen reflejada.
-Primera profanación: la enfermedad.-dijo Rudraka con tono espectral.
De inmediato, el reflejo de Siddartha se transformo en una imagen de monstruosas enfermedades; su cuerpo perfecto apareció cubierto de llagas, heridas y cicatrices. Aunque horrorizado ante semejante espectáculo, Siddartha rechazo la pavorosa impresión que aquella imagen producía en su mente.
Al observar la reacción de Siddartha, Rudraka sonrió satisfecho.
-Segunda profanación: la vejez.-prosiguió el asceta.
La imagen de Siddartha cambio de nuevo y empezó a envejecer. A medida que el tiempo se apoderaba inexorablemente de su cuerpo, su rostro fue perdiendo el saludable colorido de la juventud y se volvió grisáceo; la piel empezó a marchitarse y arrugarse. Siddartha contemplo su futuro sin parpadear, sabiendo que se trataba de una visión temporal. Siguió observando la imagen, rechazándola y luchando con todas sus fuerzas contra las emociones que suscitaba en el.
Rudraka estaba satisfecho.
-Tercera profanación: la muerte.-concluyo el asceta.
Rápidamente, la imagen empezó a morir. Siddartha presencio la decadencia y muerte de su cuerpo sin alterarse, mientras sus rasgos adquirían un tono verdoso y el frío penetraba en sus miembros, haciendo que la sangre dejara de fluir por las venas y deteniendo los latidos de su corazón.
Siddartha sintió la rigidez de la muerte, el espasmo del corazón antes de que el alma abandonara el cuerpo, las tinieblas y la luz, la putrefacción de la carne. Recordó los ojos de un soldado agonizante despidiéndose de el, pero trato de dominar sus emociones hasta que, de repente, la imagen se convirtió en el cuerpo abrasado de Yashodara. En aquel momento sintió un intenso dolor, aunque se esforzó en no dejarse arrastrar por el. A pesar de que procuro ocultar sus emociones, el yogui advirtió el cambio que se había operado en el.
-El problema es el cuerpo.-declaro el anciano.
Las noches se prolongaron en una infinita oscuridad. Rudraka enseño a Siddartha el yoga que le había ayudado a adquirir sus conocimientos, el yoga que controlaba el mundo interior. Siddartha era un alumno dedicado, resuelto a asimilar y transformar las enseñanzas de su maestro en un len guaje que pudiera comprender y comparar su valor con el de la meta que se había propuesto alcanzar.
44-Austeridades.
Siddharta tenía un fin, una meta única: deseaba quedarse vacío, sin sed, sin deseos, sin sueños, sin alegría ni penas. Deseaba morirse para alejarse de sí mismo, para no ser él, para encontrar la tranquilidad en el corazón vacío, para permanecer abierto al milagro a través del pensamiento puro; ese era su objetivo. Cuando su yo se encontrase vencido y muerto, cuando se callasen todos los vicios y todos los impulsos de su corazón, entonces tendría que despertar lo ultimo, lo mas intimo del ser, lo que ya no es el yo, sino el gran secreto.
Siddharta permanecía en silencio bajo el calor vertical del sol ardiente, lleno de dolor, de sed; y se quedaba así hasta que ya no sentía dolor ni sed. Permanecía en silencio bajo la lluvia. El agua corría desde su cabello hasta sus hombros que sentían el frío, hasta sus caderas y hasta sus piernas heladas; y el penitente continuaba así hasta que los hombros y las piernas ya no sentían frío, hasta que se acallaban. Se mantenía sentado en silencio sobre el zarzal hasta gotear sangre de la piel punzante y ulcerada. Y Siddharta continuaba erguido, inmóvil, hasta que ya no le goteaba la sangre, hasta que nada le punzaba, hasta que nada le quemaba.
Siddharta estaba sentado con rigidez y aprendía a ahorrar el aliento, a vivir con poco aire, a detener la respiración. Aprendía a tranquilizar el latido de su corazón con el aliento, aprendía a disminuir los latidos de su corazón hasta que eran mínimos, casi nulos.
Las prácticas ascéticas marcaron para Siddartha el comienzo de una lucha implacable consigo mismo, una batalla para lograr la iluminación perfecta y penetrante. Sus austeridades incluyeron ayunos prolongados, lechos de espinas, dormir en cementerios sobre los huesos de los cadáveres y comer basura. Muchas veces, al verlo inmóvil, con la respiración apenas perceptible, sus compañeros ascetas llegaron a pensar que había muerto. Los rigores que se imponía eran tan severos que nadie podía igualarlo en la práctica de austeridades.
El cuerpo de Siddartha se vio cruelmente afectado. Las costillas y las venas del pecho sobresalían dolorosamente. La suciedad ennegrecía una piel que la practica ascética había cubierto de llagas y heridas ulceradas El cabello y la barba, excesivamente largos, aparecían desaliñados. Solo los ojos, a pesar de estar inyectados en sangre, brillaban con inusual claridad y lucidez.
Durante varios años, se había dedicado a las austeridades, exigiéndose hasta los límites de lo soportable. Sin embargo, todos esos esfuerzos no habían producido el resultado anhelado. Se planteo este dilema:-“Buscar solo el placer sensual es una manera de vivir ruin y sin sentido, pero, acaso la prosecución de severas austeridades y mortificaciones me ha permitido lograr la verdadera iluminación? Es una practica inferior e inútil, porque solo me provoca dolor y sufrimiento.”-
-La virtud solo le alcanza mediante el sufrimiento.-dijo el asceta.-Al practicar una perfecta austeridad, alcanzaras las mas altas cotas espirituales.
-Pero y la raza humana?-pregunto Siddartha.
-Lamentablemente, la raza humana proseguirá su camino de sufrimiento, vejez y muerte.-contesto Alara.
Siddartha, sin embargo, no podía mostrarse indiferente al nefasto ciclo de nacimientos y muertes que aquejaba a los seres humanos.
-Si suponemos que la mortificación de la carne es un acto piadoso, cabe afirmar que hacer lo contrario, ceder la complacencia de los sentidos, es impío. Sin embargo,-continuo Alara.-el sacrificio se ve recompensado por la gratificación de los sentidos, por el placer, en la siguiente vida.-
-Así pues, la recompensa a la piedad es la impiedad.-observo Siddartha, desconcertado.-No lo comprendo. Si basta con abstenerse para ser santificado, todos los animales serian santos, así como los hombres pertenecientes a las castas inferiores, puesto que no pueden permitirse el lujo de ceder a los sentidos debería ser castigada. Sin embargo, la voluntad de ceder a los sentidos no es tenida en cuenta, de modo que no entiendo por que se premia la voluntad de abstenerse.
Los argumentos de Alara no convencían al joven Siddartha, quien se sentía incompleto. Consideraba que los conocimientos del anciano eran una faceta más de un esplendido diamante, pero ello no se traducía en unas soluciones prácticas. Los pensamientos, las privaciones y las imágenes grandiosas no explicaban, ni eliminaban, las raíces del sufrimiento humano.
No obstante, los días que paso junto al asceta fueron muy provechosos.
El anciano no se sorprendió cuando una mañana Siddartha le comunico su deseo de partir. Siempre había sabido que su función se limitaba a iniciar a Siddartha en la búsqueda, y que sus limitados conocimientos constituían tan solo una pequeña aportación al camino y a los logros del futuro maestro.
Comprendió que el ascetismo extremo no le permitía lograr lo que buscaba, y decidió abandonar ese camino.
Sin embargo, se había dedicado a ello con tanto fervor, que sus compañeros ascetas tenían la seguridad de que estaba a punto de alcanzar la iluminación. Su repentina partida los sorprendió muchísimo.
Pensaron:-Siddartha se ha corrompido.-
El respeto y la estima que habían sentido por el se convirtieron en desilusión y desprecio.
Siddartha abandono el bosque y se dirigió al río Nairanjana. La luz del solo reverberaba en las hojas de los árboles y cubría de pequeños diamantes la superficie del agua.
Siddharta permanecía en silencio bajo el calor vertical del sol ardiente, lleno de dolor, de sed; y se quedaba así hasta que ya no sentía dolor ni sed. Permanecía en silencio bajo la lluvia. El agua corría desde su cabello hasta sus hombros que sentían el frío, hasta sus caderas y hasta sus piernas heladas; y el penitente continuaba así hasta que los hombros y las piernas ya no sentían frío, hasta que se acallaban. Se mantenía sentado en silencio sobre el zarzal hasta gotear sangre de la piel punzante y ulcerada. Y Siddharta continuaba erguido, inmóvil, hasta que ya no le goteaba la sangre, hasta que nada le punzaba, hasta que nada le quemaba.
Siddharta estaba sentado con rigidez y aprendía a ahorrar el aliento, a vivir con poco aire, a detener la respiración. Aprendía a tranquilizar el latido de su corazón con el aliento, aprendía a disminuir los latidos de su corazón hasta que eran mínimos, casi nulos.
Las prácticas ascéticas marcaron para Siddartha el comienzo de una lucha implacable consigo mismo, una batalla para lograr la iluminación perfecta y penetrante. Sus austeridades incluyeron ayunos prolongados, lechos de espinas, dormir en cementerios sobre los huesos de los cadáveres y comer basura. Muchas veces, al verlo inmóvil, con la respiración apenas perceptible, sus compañeros ascetas llegaron a pensar que había muerto. Los rigores que se imponía eran tan severos que nadie podía igualarlo en la práctica de austeridades.
El cuerpo de Siddartha se vio cruelmente afectado. Las costillas y las venas del pecho sobresalían dolorosamente. La suciedad ennegrecía una piel que la practica ascética había cubierto de llagas y heridas ulceradas El cabello y la barba, excesivamente largos, aparecían desaliñados. Solo los ojos, a pesar de estar inyectados en sangre, brillaban con inusual claridad y lucidez.
Durante varios años, se había dedicado a las austeridades, exigiéndose hasta los límites de lo soportable. Sin embargo, todos esos esfuerzos no habían producido el resultado anhelado. Se planteo este dilema:-“Buscar solo el placer sensual es una manera de vivir ruin y sin sentido, pero, acaso la prosecución de severas austeridades y mortificaciones me ha permitido lograr la verdadera iluminación? Es una practica inferior e inútil, porque solo me provoca dolor y sufrimiento.”-
-La virtud solo le alcanza mediante el sufrimiento.-dijo el asceta.-Al practicar una perfecta austeridad, alcanzaras las mas altas cotas espirituales.
-Pero y la raza humana?-pregunto Siddartha.
-Lamentablemente, la raza humana proseguirá su camino de sufrimiento, vejez y muerte.-contesto Alara.
Siddartha, sin embargo, no podía mostrarse indiferente al nefasto ciclo de nacimientos y muertes que aquejaba a los seres humanos.
-Si suponemos que la mortificación de la carne es un acto piadoso, cabe afirmar que hacer lo contrario, ceder la complacencia de los sentidos, es impío. Sin embargo,-continuo Alara.-el sacrificio se ve recompensado por la gratificación de los sentidos, por el placer, en la siguiente vida.-
-Así pues, la recompensa a la piedad es la impiedad.-observo Siddartha, desconcertado.-No lo comprendo. Si basta con abstenerse para ser santificado, todos los animales serian santos, así como los hombres pertenecientes a las castas inferiores, puesto que no pueden permitirse el lujo de ceder a los sentidos debería ser castigada. Sin embargo, la voluntad de ceder a los sentidos no es tenida en cuenta, de modo que no entiendo por que se premia la voluntad de abstenerse.
Los argumentos de Alara no convencían al joven Siddartha, quien se sentía incompleto. Consideraba que los conocimientos del anciano eran una faceta más de un esplendido diamante, pero ello no se traducía en unas soluciones prácticas. Los pensamientos, las privaciones y las imágenes grandiosas no explicaban, ni eliminaban, las raíces del sufrimiento humano.
No obstante, los días que paso junto al asceta fueron muy provechosos.
El anciano no se sorprendió cuando una mañana Siddartha le comunico su deseo de partir. Siempre había sabido que su función se limitaba a iniciar a Siddartha en la búsqueda, y que sus limitados conocimientos constituían tan solo una pequeña aportación al camino y a los logros del futuro maestro.
Comprendió que el ascetismo extremo no le permitía lograr lo que buscaba, y decidió abandonar ese camino.
Sin embargo, se había dedicado a ello con tanto fervor, que sus compañeros ascetas tenían la seguridad de que estaba a punto de alcanzar la iluminación. Su repentina partida los sorprendió muchísimo.
Pensaron:-Siddartha se ha corrompido.-
El respeto y la estima que habían sentido por el se convirtieron en desilusión y desprecio.
Siddartha abandono el bosque y se dirigió al río Nairanjana. La luz del solo reverberaba en las hojas de los árboles y cubría de pequeños diamantes la superficie del agua.
43-Alara Kaluman.
A medida que se aproximaba a su meta, la nieve y las rocas asumieron la dimensión de Siva, el destructor cíclico de la naturaleza, que danzaba suspendido en la gélida atmósfera, haciendo que las nubes se mezclaran con la nieve. Siddartha contemplo fascinado su gracia y su belleza. De pronto, se desvaneció. Agotado, Siddartha se apoyo en la roca, pero cuando estaba a punto de quedarse dormido apareció la gigantesca silueta de Brahma, recordándole que las fuerzas de los dioses serian salvadas por la gracia de Buda. Las risas de los dioses sonaban como el tañido de una campana de plata que se confundía con el silbido del viento. Al fin, Siddartha cayó profundamente dormido. Durante el sueño, los dioses le infundieron fuerzas para resistir.
Al final del desierto, el terreno comenzó a inclinarse imperceptiblemente hacia las montañas... De golpe, la temperatura descendió. Siddharta empezó a trepar por entre unas coníferas y unos elevados pinos, acompañado por el canto de los pájaros, hacia la cima de la montaña, cubierta por un espeso manto blanco.
El tiempo cambio bruscamente. El viento comenzó a soplar con fuerza, azotándole el rostro, pero Siddartha continuo escalando la abrupta pendiente hasta que el cansancio y la tormenta lo obligaron a refugiarse en una cueva en la montaña, cayo dormido.
Al amanecer, Siddartha reanudo la escalada. Al fin, haciendo acopio de las últimas fuerzas que le quedaban, alcanzo la cima del Himavat y cayo desvanecido. Sobre la sagrada montaña volaban extrañas criaturas, mitad águila y mitad hombre. Eran los Garudas, emisarios de Visnu, señor de la preservación. Uno de ellos se poso junto al cuerpo inerme de Siddartha y comenzó a darle golpecitos con el pico para reanimarlo.
Siddartha alzo la cabeza y vio el águila, que le observaba extrañada, pues ningún hombre visitaba jamás esas regiones.
Tras grandes esfuerzos, Siddartha se incorporo; el águila remonto el vuelo y desapareció entre las nevadas cumbres. El príncipe la observo con envidia. A sus pies se extendía una vasta meseta cubierta de nieve.
Unos alces blancos lo observaban tímidamente desde su escondrijo. Los negros ojos de los linces seguían todos sus movimientos.
En el centro de la meseta se alzaba un magnifico palacio de hielo, cuyas elevadas torres rozaban el cielo. Siddartha se dirigió hacia el. El transparente edificio reflejaba los rayos del sol y los dispersaba formando un amplio arco s.
Iris.
Al pie del arco iris, ante la puertas del palacio se hallaba Alara Kaluman, el asceta.
El anciano poseía unos rasgos típicamente tibetanos, de ojos rasgados y pronunciados pómulos. Llevaba el cabello recogido en unos moños y una larga túnica amarilla. De pronto, Siddartha recordó haber visto un rostro similar al suyo durante sus primeros meses de vida.
El asceta, al observar el maltrecho aspecto de Siddartha, asintió complacido, pues solo la austeridad y el sufrimiento conducían a la sabiduría y a la felicidad. Alara contemplo con satisfacción y alegría al recién llegado.
-Tengo la fortuna de haber sido elegido para iniciar al señor de la rueda en los misterios de las leyes.-declaro.
El intercambio de lecciones, pensamientos y conocimientos comenzó de inmediato. Los dos hombres trabajaban juntos mientras Siddartha sometía su mente y su cuerpo a una rígida disciplina. Rechazaba toda comida preparada por el hombre, tan solo ingería frutas y raíces que le traían las aves.
Siddartha pasaba horas sentado en la posición del loto, sobre la nieve, noche tras noche, frente a Alara, a fin de aprender a dominar su cuerpo. Alara le enseñaba los valores del rigor y la austeridad.
La mirada se le tornaba fría cuando una mujer cruzaba por su camino; la boca expresaba desprecio cuando atravesaba una ciudad con personas vestidas elegantemente. Vio negociar a los comerciantes y vio cazar a los príncipes; presencio el llanto de los familiares de un difunto; vio a las prostitutas ofrecerse, a los médicos preocuparse por los enfermos, a los sacerdotes determinar el día de la siembra. Observo el amor de los amantes, a las madres amamantar a sus hijos. Y todo ello no era digno de la mira de sus ojos. Todo mentía. En todo había hedor a hipocresía. La belleza, la felicidad, solo eran ilusiones de los sentidos. Todo terminaría en la putrefacción final. El mundo era amargo; la vida dolor.
Al final del desierto, el terreno comenzó a inclinarse imperceptiblemente hacia las montañas... De golpe, la temperatura descendió. Siddharta empezó a trepar por entre unas coníferas y unos elevados pinos, acompañado por el canto de los pájaros, hacia la cima de la montaña, cubierta por un espeso manto blanco.
El tiempo cambio bruscamente. El viento comenzó a soplar con fuerza, azotándole el rostro, pero Siddartha continuo escalando la abrupta pendiente hasta que el cansancio y la tormenta lo obligaron a refugiarse en una cueva en la montaña, cayo dormido.
Al amanecer, Siddartha reanudo la escalada. Al fin, haciendo acopio de las últimas fuerzas que le quedaban, alcanzo la cima del Himavat y cayo desvanecido. Sobre la sagrada montaña volaban extrañas criaturas, mitad águila y mitad hombre. Eran los Garudas, emisarios de Visnu, señor de la preservación. Uno de ellos se poso junto al cuerpo inerme de Siddartha y comenzó a darle golpecitos con el pico para reanimarlo.
Siddartha alzo la cabeza y vio el águila, que le observaba extrañada, pues ningún hombre visitaba jamás esas regiones.
Tras grandes esfuerzos, Siddartha se incorporo; el águila remonto el vuelo y desapareció entre las nevadas cumbres. El príncipe la observo con envidia. A sus pies se extendía una vasta meseta cubierta de nieve.
Unos alces blancos lo observaban tímidamente desde su escondrijo. Los negros ojos de los linces seguían todos sus movimientos.
En el centro de la meseta se alzaba un magnifico palacio de hielo, cuyas elevadas torres rozaban el cielo. Siddartha se dirigió hacia el. El transparente edificio reflejaba los rayos del sol y los dispersaba formando un amplio arco s.
Iris.
Al pie del arco iris, ante la puertas del palacio se hallaba Alara Kaluman, el asceta.
El anciano poseía unos rasgos típicamente tibetanos, de ojos rasgados y pronunciados pómulos. Llevaba el cabello recogido en unos moños y una larga túnica amarilla. De pronto, Siddartha recordó haber visto un rostro similar al suyo durante sus primeros meses de vida.
El asceta, al observar el maltrecho aspecto de Siddartha, asintió complacido, pues solo la austeridad y el sufrimiento conducían a la sabiduría y a la felicidad. Alara contemplo con satisfacción y alegría al recién llegado.
-Tengo la fortuna de haber sido elegido para iniciar al señor de la rueda en los misterios de las leyes.-declaro.
El intercambio de lecciones, pensamientos y conocimientos comenzó de inmediato. Los dos hombres trabajaban juntos mientras Siddartha sometía su mente y su cuerpo a una rígida disciplina. Rechazaba toda comida preparada por el hombre, tan solo ingería frutas y raíces que le traían las aves.
Siddartha pasaba horas sentado en la posición del loto, sobre la nieve, noche tras noche, frente a Alara, a fin de aprender a dominar su cuerpo. Alara le enseñaba los valores del rigor y la austeridad.
La mirada se le tornaba fría cuando una mujer cruzaba por su camino; la boca expresaba desprecio cuando atravesaba una ciudad con personas vestidas elegantemente. Vio negociar a los comerciantes y vio cazar a los príncipes; presencio el llanto de los familiares de un difunto; vio a las prostitutas ofrecerse, a los médicos preocuparse por los enfermos, a los sacerdotes determinar el día de la siembra. Observo el amor de los amantes, a las madres amamantar a sus hijos. Y todo ello no era digno de la mira de sus ojos. Todo mentía. En todo había hedor a hipocresía. La belleza, la felicidad, solo eran ilusiones de los sentidos. Todo terminaría en la putrefacción final. El mundo era amargo; la vida dolor.
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)








