viernes, junio 29, 2007

44-Austeridades.

Siddharta tenía un fin, una meta única: deseaba quedarse vacío, sin sed, sin deseos, sin sueños, sin alegría ni penas. Deseaba morirse para alejarse de sí mismo, para no ser él, para encontrar la tranquilidad en el corazón vacío, para permanecer abierto al milagro a través del pensamiento puro; ese era su objetivo. Cuando su yo se encontrase vencido y muerto, cuando se callasen todos los vicios y todos los impulsos de su corazón, entonces tendría que despertar lo ultimo, lo mas intimo del ser, lo que ya no es el yo, sino el gran secreto.
Siddharta permanecía en silencio bajo el calor vertical del sol ardiente, lleno de dolor, de sed; y se quedaba así hasta que ya no sentía dolor ni sed. Permanecía en silencio bajo la lluvia. El agua corría desde su cabello hasta sus hombros que sentían el frío, hasta sus caderas y hasta sus piernas heladas; y el penitente continuaba así hasta que los hombros y las piernas ya no sentían frío, hasta que se acallaban. Se mantenía sentado en silencio sobre el zarzal hasta gotear sangre de la piel punzante y ulcerada. Y Siddharta continuaba erguido, inmóvil, hasta que ya no le goteaba la sangre, hasta que nada le punzaba, hasta que nada le quemaba.
Siddharta estaba sentado con rigidez y aprendía a ahorrar el aliento, a vivir con poco aire, a detener la respiración. Aprendía a tranquilizar el latido de su corazón con el aliento, aprendía a disminuir los latidos de su corazón hasta que eran mínimos, casi nulos.
Las prácticas ascéticas marcaron para Siddartha el comienzo de una lucha implacable consigo mismo, una batalla para lograr la iluminación perfecta y penetrante. Sus austeridades incluyeron ayunos prolongados, lechos de espinas, dormir en cementerios sobre los huesos de los cadáveres y comer basura. Muchas veces, al verlo inmóvil, con la respiración apenas perceptible, sus compañeros ascetas llegaron a pensar que había muerto. Los rigores que se imponía eran tan severos que nadie podía igualarlo en la práctica de austeridades.
El cuerpo de Siddartha se vio cruelmente afectado. Las costillas y las venas del pecho sobresalían dolorosamente. La suciedad ennegrecía una piel que la practica ascética había cubierto de llagas y heridas ulceradas El cabello y la barba, excesivamente largos, aparecían desaliñados. Solo los ojos, a pesar de estar inyectados en sangre, brillaban con inusual claridad y lucidez.
Durante varios años, se había dedicado a las austeridades, exigiéndose hasta los límites de lo soportable. Sin embargo, todos esos esfuerzos no habían producido el resultado anhelado. Se planteo este dilema:-“Buscar solo el placer sensual es una manera de vivir ruin y sin sentido, pero, acaso la prosecución de severas austeridades y mortificaciones me ha permitido lograr la verdadera iluminación? Es una practica inferior e inútil, porque solo me provoca dolor y sufrimiento.”-
-La virtud solo le alcanza mediante el sufrimiento.-dijo el asceta.-Al practicar una perfecta austeridad, alcanzaras las mas altas cotas espirituales.
-Pero y la raza humana?-pregunto Siddartha.
-Lamentablemente, la raza humana proseguirá su camino de sufrimiento, vejez y muerte.-contesto Alara.
Siddartha, sin embargo, no podía mostrarse indiferente al nefasto ciclo de nacimientos y muertes que aquejaba a los seres humanos.
-Si suponemos que la mortificación de la carne es un acto piadoso, cabe afirmar que hacer lo contrario, ceder la complacencia de los sentidos, es impío. Sin embargo,-continuo Alara.-el sacrificio se ve recompensado por la gratificación de los sentidos, por el placer, en la siguiente vida.-
-Así pues, la recompensa a la piedad es la impiedad.-observo Siddartha, desconcertado.-No lo comprendo. Si basta con abstenerse para ser santificado, todos los animales serian santos, así como los hombres pertenecientes a las castas inferiores, puesto que no pueden permitirse el lujo de ceder a los sentidos debería ser castigada. Sin embargo, la voluntad de ceder a los sentidos no es tenida en cuenta, de modo que no entiendo por que se premia la voluntad de abstenerse.
Los argumentos de Alara no convencían al joven Siddartha, quien se sentía incompleto. Consideraba que los conocimientos del anciano eran una faceta más de un esplendido diamante, pero ello no se traducía en unas soluciones prácticas. Los pensamientos, las privaciones y las imágenes grandiosas no explicaban, ni eliminaban, las raíces del sufrimiento humano.
No obstante, los días que paso junto al asceta fueron muy provechosos.
El anciano no se sorprendió cuando una mañana Siddartha le comunico su deseo de partir. Siempre había sabido que su función se limitaba a iniciar a Siddartha en la búsqueda, y que sus limitados conocimientos constituían tan solo una pequeña aportación al camino y a los logros del futuro maestro.
Comprendió que el ascetismo extremo no le permitía lograr lo que buscaba, y decidió abandonar ese camino.
Sin embargo, se había dedicado a ello con tanto fervor, que sus compañeros ascetas tenían la seguridad de que estaba a punto de alcanzar la iluminación. Su repentina partida los sorprendió muchísimo.
Pensaron:-Siddartha se ha corrompido.-
El respeto y la estima que habían sentido por el se convirtieron en desilusión y desprecio.
Siddartha abandono el bosque y se dirigió al río Nairanjana. La luz del solo reverberaba en las hojas de los árboles y cubría de pequeños diamantes la superficie del agua.

43-Alara Kaluman.

A medida que se aproximaba a su meta, la nieve y las rocas asumieron la dimensión de Siva, el destructor cíclico de la naturaleza, que danzaba suspendido en la gélida atmósfera, haciendo que las nubes se mezclaran con la nieve. Siddartha contemplo fascinado su gracia y su belleza. De pronto, se desvaneció. Agotado, Siddartha se apoyo en la roca, pero cuando estaba a punto de quedarse dormido apareció la gigantesca silueta de Brahma, recordándole que las fuerzas de los dioses serian salvadas por la gracia de Buda. Las risas de los dioses sonaban como el tañido de una campana de plata que se confundía con el silbido del viento. Al fin, Siddartha cayó profundamente dormido. Durante el sueño, los dioses le infundieron fuerzas para resistir.
Al final del desierto, el terreno comenzó a inclinarse imperceptiblemente hacia las montañas... De golpe, la temperatura descendió. Siddharta empezó a trepar por entre unas coníferas y unos elevados pinos, acompañado por el canto de los pájaros, hacia la cima de la montaña, cubierta por un espeso manto blanco.
El tiempo cambio bruscamente. El viento comenzó a soplar con fuerza, azotándole el rostro, pero Siddartha continuo escalando la abrupta pendiente hasta que el cansancio y la tormenta lo obligaron a refugiarse en una cueva en la montaña, cayo dormido.
Al amanecer, Siddartha reanudo la escalada. Al fin, haciendo acopio de las últimas fuerzas que le quedaban, alcanzo la cima del Himavat y cayo desvanecido. Sobre la sagrada montaña volaban extrañas criaturas, mitad águila y mitad hombre. Eran los Garudas, emisarios de Visnu, señor de la preservación. Uno de ellos se poso junto al cuerpo inerme de Siddartha y comenzó a darle golpecitos con el pico para reanimarlo.
Siddartha alzo la cabeza y vio el águila, que le observaba extrañada, pues ningún hombre visitaba jamás esas regiones.
Tras grandes esfuerzos, Siddartha se incorporo; el águila remonto el vuelo y desapareció entre las nevadas cumbres. El príncipe la observo con envidia. A sus pies se extendía una vasta meseta cubierta de nieve.
Unos alces blancos lo observaban tímidamente desde su escondrijo. Los negros ojos de los linces seguían todos sus movimientos.
En el centro de la meseta se alzaba un magnifico palacio de hielo, cuyas elevadas torres rozaban el cielo. Siddartha se dirigió hacia el. El transparente edificio reflejaba los rayos del sol y los dispersaba formando un amplio arco s.
Iris.
Al pie del arco iris, ante la puertas del palacio se hallaba Alara Kaluman, el asceta.
El anciano poseía unos rasgos típicamente tibetanos, de ojos rasgados y pronunciados pómulos. Llevaba el cabello recogido en unos moños y una larga túnica amarilla. De pronto, Siddartha recordó haber visto un rostro similar al suyo durante sus primeros meses de vida.
El asceta, al observar el maltrecho aspecto de Siddartha, asintió complacido, pues solo la austeridad y el sufrimiento conducían a la sabiduría y a la felicidad. Alara contemplo con satisfacción y alegría al recién llegado.
-Tengo la fortuna de haber sido elegido para iniciar al señor de la rueda en los misterios de las leyes.-declaro.
El intercambio de lecciones, pensamientos y conocimientos comenzó de inmediato. Los dos hombres trabajaban juntos mientras Siddartha sometía su mente y su cuerpo a una rígida disciplina. Rechazaba toda comida preparada por el hombre, tan solo ingería frutas y raíces que le traían las aves.
Siddartha pasaba horas sentado en la posición del loto, sobre la nieve, noche tras noche, frente a Alara, a fin de aprender a dominar su cuerpo. Alara le enseñaba los valores del rigor y la austeridad.
La mirada se le tornaba fría cuando una mujer cruzaba por su camino; la boca expresaba desprecio cuando atravesaba una ciudad con personas vestidas elegantemente. Vio negociar a los comerciantes y vio cazar a los príncipes; presencio el llanto de los familiares de un difunto; vio a las prostitutas ofrecerse, a los médicos preocuparse por los enfermos, a los sacerdotes determinar el día de la siembra. Observo el amor de los amantes, a las madres amamantar a sus hijos. Y todo ello no era digno de la mira de sus ojos. Todo mentía. En todo había hedor a hipocresía. La belleza, la felicidad, solo eran ilusiones de los sentidos. Todo terminaría en la putrefacción final. El mundo era amargo; la vida dolor.

42-Identidad.

Cierto día, el rey Bimbisara de Magadha vio a un joven que caminaba por la ciudad pidiendo limosna. El rostro era gentil y noble, y sus ojos parecían brillar con aguda sabiduría, inteligencia y coraje. Impresionado por tan digno y gallardo porte, el rey visito al joven en su morada, al pie del monte Pandava. Allí, Siddharta, que de el se trataba, recibió al soberano y escucho estas palabras dichas con la máxima cortesía:
-Usted me parece una persona de noble cuna. Para ser honesto, la razón por la que he venido es que me gustaría que alguien como usted dirigiera mi ejercito. A propósito ¿de qué familia proviene?-
Siddharta parecía estar a menudo cerca del mundo celestial, pero nunca lo había alcanzado completamente. Jamás había saciado la última sed.El gobernante de Magadha, uno de los reinos más poderosos de la época, había ido a pedir, humildemente, los servicios del joven. Pero Siddharta respondió con calma:
-Pertenezco a los Shakyas, los descendientes del sol, una tribu que vive al pie del Himalaya. Pero he abandonado mi hogar para entrar en la vida religiosa. He renunciado a todos los honores y títulos seculares. Por lo tanto, lamentablemente, no puedo acceder a vuestro pedido.”-Le explico al rey que su objetivo era lograr la verdadera iluminación para poder solucionar los sufrimientos que nacen de la transitoriedad de la existencia humana. Al escucharlo, el rey Bimbisara supo que no podría disuadirlo.
Después de reflexionar acerca de su aprendizaje, Siddharta acudió a un sabio ermitaño brahmán, de quien se decía que era maestro de meditación yoga. Se creía que mediante esa practica, las personas podían liberar al espíritu puro, no contaminado, de los apegos materiales. Por ese medio, el sabio ermitaño, a quien Siddharta había escogido como primer maestro, había logrado llegar a la etapa conocida como “el reino en el que nada existe”: un estado de vacuidad en el que uno esta libre de todos los apegos mundanos. Bajo su guía, Siddharta se dedico a la practica y, en breve tiempo, loro el mismo nivel que su maestro. Sin embargo, sintió que la enseñanza no le brindaba la solución a las preguntas sobre la vida y la muerte. Busco otro maestro, también ermitaño, cuya experiencia en meditación yoga le había permitido alcanzar “el reino en el que no existe ni el pensamiento ni el no pensamiento”, un estado en el que no había actividad mental. Una vez más, Siddharta domino con rapidez esa práctica, pero ella tampoco le permitió concretar su propósito. La vejez, la enfermedad y la muerte son sufrimientos reales que atormentan a los seres humanos. Siddharta sintió que la iluminación de esos maestros, para quienes la meditación se había vuelto un fin en si misma, era inútil por completo para brindar soluciones al acuciante problema de la vida y de la muerte. Pensó: -Esta no es la clase de iluminación que estoy buscando. Quiero lograr la verdadera, la que libera a la gente de los sufrimientos de la vejez, la enfermedad y la muerte.-Siddharta abandono a su segundo maestro para continuar la búsqueda de la verdadera iluminación, y trato de hallar un lugar tranquilo para dedicarse a la práctica de las austeridades. Llego al pueblo de Sena, en el distrito de Uruvela, situado a orillas del río Nairanjana, que corría al oeste de Rajagriha. La ciudad tenia un hermoso bosque con un follaje desbordante, y Siddharta lo eligió para comenzar las austeridades. Muchos ascetas habitaban allí con el mismo propósito. Un día, por la ciudad de Siddharta pasaron unos samanas, ascetas peregrinos; eran tres hombres enjutos y cansados, ni viejos ni jóvenes, con los hombros ensangrentados y llenos de polvo, casi desnudos, abrasados por el sol, solitarios extraños y flacos chacales en un reino de hombres.
En aquellos días, era creencia común en la india que el cuerpo estaba contaminado y que solo el espíritu era puro. Puesto que el cuerpo tenia cautivo al espíritu, se pensaba que castigando y debilitando la parte física, se podía lograr la libertad espiritual.
Comió solamente una vez al día y nunca alimentos cocinados. Ayuno durante quince días. Ayuno durante veintiocho días. La carne desapareció de sus muslos y mejillas. Sueños extraños aparecían ante sus ojos dilatados; en sus huesudos dedos crecían largas uñas, y del mentón le nacía una barba hirsuta y enmarañada.
El sol se reflejaba en el hielo y le arrancaba todos los colores del arco iris. Mas arriba, los glaciares se erguían como dioses.
Siddartha se despertó aterido de frío. El resplandor del cielo lo deslumbraba.
El dolor y el hambre lo atenazaban. Comenzó a trepar fatigosamente por el glaciar, utilizando una piedra para crear unos agarraderos en la pronunciada y helada pendiente. Al fin alcanzo la cima de la montaña, azotada por el viento. A su alrededor resplandecían los picos helados del Himalaya, recortándose sobre el intenso azul del cielo. Siddartha se detuvo unos instantes para contemplar el impresionante paisaje que se divisaba desde la cima.
Más arriba se erguía el pico de Himavat, un titán entre gigantes.
Tratando de adaptarse a los diferentes cambios que su naturaleza, su alma y su mente iban experimentando a medida que proseguía su camino, Siddartha continuo trepando por la helada pendiente. Al alcanzar un saliente debajo de la cima del Himavat, se detuvo unos minutos a descansar. Estaba extenuado y tenia las manos cubiertas de llagas.

41-El camino.

A solas en sus aposentos privados, donde solo quedaban unas pocas esteras y su lecho, en medio del palacio vacío, el rey Suddhodana acaricio el pergamino que le había entregado su hijo. El sol resplandecía sobre su devastado reino, mientras el monarca trataba de hacer el balance de su vida.
Suddhodana se detuvo unos instantes antes de leer el pergamino. Sabía que esas eran las últimas palabras que su hijo le dirigiría en mucho tiempo. El rey se encontraba en un momento crítico de su vida, sabia que debía hallar otros motivos, otras premisas. El pasado estaba muerto y enterrado. La vida continuaba. Podía reconstruir Sakya, pero los muertos jamás resucitarían. Sus ejércitos recuperarían Sakya y aplastarían a los josalas. Luego, podría dedicarse a vivir en paz esperando a que los acontecimientos se fueran desarrollando… Y discutiendo con Asvapati.
Suddhodana desdoblo lentamente el pergamino y leyó:
“Querido padre, los hombres sabios han estudiado y analizado todo cuanto existe: la creación, los dioses, la fantasía, el poder, el bien y el mal. ¿Pero de que sirve conocer todas esas cosas? Si todavía no han descubierto la respuesta a preguntas como: ¿Por qué he de sufrir? ¿Por qué sufren los demás? No pretendo menospreciar los trabajos realizados por hombres como nuestro brahmán. Sin embargo, su luz es una luz reflejada, no el resplandor del sol, y sus palabras son meros ecos de unas palabras pronunciadas por otros. Tiene que existir algo más, algo nuevo, algo que proporcione paz. Padre, siempre has sabido que un día me marcharía. Pero cuando regrese de ser el rey de reyes, como tú deseabas. Te ofreceré el don de comprender los motivos del sufrimiento del hombre…”
Siddartha guardaba en su corazón esa nostalgia, esa añoranza por el verdadero sentido de la vida. No es que anduviera cual alma en pena, solo se manifestaba cuando los demás dejaban de entretenerlo, cuando no lo distraían. Los que lo rodeaban, vivían para distraer a Siddartha de lo problemático y fatídico de la vida. Intentaban en vano, hacerlo vivir en una jaula de oro. No sabían que nunca se puede tener encerrado y contenido a un espíritu libre. Es tan inútil como intentar frenar una ola con las manos. No se puede encerrar lo que es libre por naturaleza.
Atrás quedaban el padre, a quien tanto debía, la amada esposa y el hijo. La separación desgarro el alma del joven príncipe; pero, en su interior, ardía una llama aun más poderosa, cuya intensidad eclipso el dolor.
Se dirigió al sur, a través del reino de Koliya, y cruzo el río Anouma. Allí se quito todas las prendas y ornamentos que podían identificarlo como príncipe y las entrego a su asistente, junto con las riendas de su caballo favorito. Se cortó el cabello con el filo de su espada, se volvió hacia su acompañante y le dijo:
-Ahora, seguiré solo. Por favor, regresa al palacio y diles a mi padre y a mi esposa que no volveré a Kapilavastu hasta que haya logrado el objetivo que me propuse al abandonar la vida secular.-
Desde ese momento viajaría como mendicante religioso. Al pensar en los rigores que aguardaban al príncipe en su búsqueda solitaria, los ojos del ayudante se llenaron de lágrimas.
Siddartha sonrió bondadoso, pero le ordeno con severidad:
-Ve! Asegúrate de repetir exactamente lo que te he dicho.-
Con el corazón dolorido, pero impotente ante las circunstancias, el asistente regreso a Kapilavastu.
Siddartha decidió ponerse en marcha hacia Rajagriha (actualmente Rajgir, situada a unos cincuenta kilómetros al noreste de Gaya.), capital del poderoso reino de Magadha, que estaba a unos seiscientos kilómetros de Kapilavastu y era el centro de una nueva y floreciente cultura.
La India de aquellos días estaba experimentando cambios dramáticos. Los brahmanes, la clase sacerdotal que ocupaba el escalón mas elevado de las cuatro castas, habían tenido, hasta ese momento, el derecho exclusivo para decidir en asuntos religiosos y para oficiar las ceremonias basadas en los textos brahmánicos sagrados: los Vedas. Esto los había investido de enorme autoridad. Sin embargo, la corrupción y la decadencia que minaban sus estructuras comenzaron a debilitar su posición.
A su vez, la expansión territorial había comenzado a concentrar más poder en manos de las dos clases sociales que le seguían en importancia: los Kshatriyas, la clase de los nobles y los guerreros, que estaban a cargo del gobierno y de los asuntos militares, y los Basillas, comerciantes, terratenientes y artesanos que prosperaban merced al comercio. La influencia combinada de ambas represento una amenaza creciente para la autoridad de los brahmanes. Esas clases no solo desafiaron el pensamiento tradicional de que el destino humano estaba determinado por los dioses y los rituales, sino que comenzaron a criticar la propia autoridad religiosa.
También dentro del Brahmanismo comenzó a surgir una nueva línea de pensamiento que veía al destino humano como resultado de las acciones buenas o malas de las personas.
La inquietante transición de una época a otra siempre va acompañada de un nuevo pensamiento y ve surgir una filosofía inédita.
En tiempos de Siddartha, se produjo la aparición de numerosos pensadores liberales que repudiaron la enseñanza tradicional. Para distinguirlos de los brahmanes, se los llamo Shramana, que significa “el que se esfuerza incansablemente en la búsqueda del camino.”
Las escrituras budistas hacen referencia a los seis maestros no budistas, que fueron los más prominentes de ese grupo. Makkhali Gosala, Purana Kassapa, Ajita Kessakambala, Pakudha Kaccayana, Sanjaya Velatthiputta y Nigantha Nataputta. El más famoso es Nigantha Nataputta, fundador del jainismo. Ellos socavaron la exclusiva autoridad de los brahmanes en asuntos religiosos, una facultad que, hasta entonces, nadie había osado cuestionar. Uno de estos maestros reformistas rechazo todos los conceptos de moralidad, y sostuvo que el bien y el mal eran meros artificios creados por el hombre. Otro enseño una forma extrema de fatalismo. Y un tercero expuso una filosofía materialista, al afirmar que los seres humanos, cuando mueren, simplemente regresan a la nada. Estos reformadores fueron radicales en extremo, y sus teorías contenían un fuerte elemento nihilista.
Siddartha no estaba de acuerdo con esas filosofías extremistas. Al llegar a Rajagriha, la capital de Magadha, sin duda considero cuidadosamente la elección de un maestro que lo ayudara a buscar la iluminación y le permitiera resolver los sufrimientos humanos fundamentales: la vejez, la enfermedad y la muerte.

domingo, septiembre 04, 2005

40-La despedida.

-Ahora marchaos.-ordeno Siddharta, mirando por ultima vez a sus dos amigos con una expresión rebosante de amor y gratitud.
Sabiendo que todas las decisiones habían sido tomadas por Siddharta, y quizás por unas poderosas y misteriosas fuerzas, Chandaka se inclino, con las manos unidas en la frente, ante el hombre que era su amigo de la infancia y que, cuando regresara, se habría convertido en un ser totalmente distinto.
Afligido, Chandaka se despidió de Siddharta. Pero al cabo de unos instantes, la tristeza dio paso a la alegría y a la esperanza, al pensar en los motivos que impulsaron a su amigo a partir.
Atrás quedaban el padre, a quien tanto debía, la amada esposa y el hijo. La separación desgarró el alma del joven príncipe; pero, en su interior, ardía una llama aun más poderosa, cuya intensidad eclipso el dolor.
Se dirigió al sur, a través del reino de Koliya, y cruzo el río Anouma. Allí, se quito todas las prendas y ornamentos que podían identificarlo como príncipe y las entrego a su asistente, junto con las riendas de su caballo favorito. Se corto el cabello con el filo de su espada, se volvió hacia su acompañante y le dijo: “Ahora, seguiré solo. Por favor, regresa al palacio y dile a mi padre y a mi esposa fallecida que no volveré a Kapilvastu hasta que haya logrado el objetivo que me propuse al abandonar la vida secular”.
Desde ese momento, viajaría como un mendicante religioso. Al pensar en los rigores que aguardaban al príncipe en su búsqueda solitaria, los ojos del ayudante se llenaron de lágrimas.
Siddharta sonrió bondadoso, pero le ordeno con severidad: “ ¡Ve! Asegúrate de repetir exactamente lo que te he dicho”.
Con el corazón dolorido, pero impotente ante las circunstancias, el asistente regreso a Kapilavastu.
Siddharta decidió ponerse en marcha hacia Rajagriha (Actualmente Rajgir, situada a unos cincuenta kilómetros al noreste de Gaya.) Capital del poderoso reino de Magadha, que estaba a unos seiscientos kilómetros de Kapilavastu y era el centro de una nueva y floreciente cultura.
La india de aquellos días estaba experimentando cambios dramáticos. Los brahmanes (la clase sacerdotal que ocupaba el escalón mas elevado de las cuatro castas) habían tenido, hasta ese momento, el derecho exclusivo para decidir en asuntos religiosos y para oficiar las ceremonias basadas en los textos brahmánicos sagrados: los Vedas. Esto los había investido de enorme autoridad. Sin embargo, la corrupción y la decadencia que minaban sus estructuras comenzaron a debilitar su posición.
A su vez, la expansión territorial había comenzado a concentrar más poder en manos de las dos clases sociales que le seguían en importancia: los Castrillas (la clase de los nobles y los guerreros), que estaban a cargo del gobierno y de los asuntos militares, y los Vaishyas, comerciantes, terratenientes y artesanos que prosperaban merced al comercio. La influencia combinada de ambas representó una amenaza creciente para la autoridad de los brahmanes. Esas clases no solo desafiaron el pensamiento tradicional de que el destino humano estaba determinado por los dioses y los rituales, sino que comenzaron a criticar la propia autoridad religiosa. También dentro del Brahmanismo comenzó a surgir una nueva línea que veía el destino humano como resultado de las acciones buenas o malas de las personas. La inquietante transición de una época a otra siempre va acompañada de un nuevo pensamiento y ve surgir una filosofía inédita. En tiempos de Siddharta, se produjo la aparición de numerosos pensadores liberales que repudiaron la enseñanza tradicional. Para distinguirlos de los brahmanes, se los llamo Shramana, que significa “el que se esfuerza incansablemente en la búsqueda del camino.” Las escrituras budistas hacen referencia a los seis maestros no budistas, que fueron los más prominentes de ese grupo. Makkhali Gozala, Purana Kassapa, Ajita Kessakambala, Pakudha Kaccayana, Sanjaya Velatthiputta y Nigantha Nataputta. El más famoso es Nigantha Nataputta, fundador del Jainismo. Ellos socavaron la exclusiva autoridad de los brahmanes en asuntos religiosos, una facultad que, hasta entonces, nadie había osado cuestionar. Uno de estos maestros reformistas rechazo todos los conceptos de moralidad, y sostuvo que el bien y el mal eran meros artificios creados por el hombre. Otro enseño una forma extrema de fatalismo. Y un tercero expuso una filosofía materialista, al afirmar que los seres humanos, cuando mueren, simplemente regresan a la nada. Estos reformadores fueron radicales en extremo, y sus teorías contenían un fuerte elemento nihilista. Siddharta no estaba de acuerdo con esas filosofías extremistas. Al llegar a Rajagriha, la capital de Magadha, sin duda considero cuidadosamente la elección de un maestro que lo ayudara a buscar la iluminación y le permitiera resolver los sufrimientos humanos fundamentales: la vejez, la enfermedad y la muerte.
En ocasiones, el tiempo transcurría mas lentamente de lo que la mente era capaz de calcular, otras corría más veloz que un guepardo.
Siddharta avanzo sobre la húmeda hierba. Las horas y los días pasaban inexorablemente. Tras dejar atrás las llanuras, penetro en un universo desconocido donde unas rojas colinas se erguían en el horizonte, resplandecientes bajo la luz del sol. Luego atravesó un desértico paisaje lunar, cuyas arenas le abrasaban los pies. Entre las dunas rojas distinguió el cauce de un río, sus aguas se habían secado hacia tiempo, allí crecían unos arbustos.

sábado, septiembre 03, 2005

39-La partida.

El hermoso cuerpo de Yasodhara se movía, como sumido en un éxtasis, entre las llamas, mientras el fuego lo iba devorando hasta dejar solo los restos del abrasado esqueleto. La doncella de Yasodhara y las curanderas, vestidas de blanco en señal de luto, arrojaron unas flores rojas a las llamas, para que la belleza y la vida ardieran juntas. Las flores crepitaban y estallaban antes de quemarse, con la velocidad con que se consume una vida apasionada.
Suddhodana sintió lastima de Ananda, pues el joven necesitaba la amistad y el consuelo de su amigo, pero Siddartha se había aislado y replegado en su dolor.
Siddharta contemplaba el cuerpo abrasado de su esposa con la misma mezcla de terror y deseo que había experimentado Suddhodana; el calor, la desnudez y la negativa a aceptar lo inevitable provocaban un intenso deseo. Un cuerpo humano tarda mucho en quemarse por completo, pero algunos preferían aguardar hasta comprobar que había quedado reducido a cenizas.
La ceremonia no finalizo hasta que las últimas ramas se apagaron. Todo había desaparecido: las ramas, el cuerpo de Yasodhara, su vestido; solo quedaba un montón negro de cenizas. Siddharta miro a su padre, angustiado, y dijo:-Debo hablar contigo, padre. Vámonos de aquí.-
Padre e hijo abandonaron el patio en silencio.
Toda su vida, de niño y mas tarde de adulto, cuando Siddharta sentía la necesidad de sincerarse o resolver una cuestión de vital importancia, su padre y el subían a la torre vigía para conversar. Su padre lo escuchaba atentamente. ¿Como no iba a sentirse Suddhodana conmovido y divertido el día en que Siddharta, que a la sazón tenia nueve años, le pidió que promulgara una ley que prohibiera la caza? había mirado a su padre fijamente, exigiéndole que atendiera su petición. Esta noche, Suddhodana sabía lo que su hijo iba a decirle.
Subieron la escalera que conducía a la cima de la torre.
Las nubes se habían disipado y el cielo estaba sereno. La luna y las estrellas parecían más cercanas, pero el rey y su hijo permanecían con la cabeza inclinada y los ojos clavados en el suelo.
-Debes poner a tu hijo el nombre...-empezó a decir el monarca.
-Lo llamare Rahula.-
-Pero eso significa obstáculo!-protesto el anciano rey. Miro a su hijo y comprobó con pesar que el príncipe parecía haber envejecido.
-Nada de eso tiene importancia, padre.-respondió Siddharta.-La vida, el poder, la guerra... no puedo seguir así. Tengo que marcharme. Tú asumirás el mando de las tropas de Magadha. En realidad, ya me marche hace tiempo.-añadió el príncipe, alzando la vista y contemplando las estrellas.
El rey lo miro, sabiendo lo que iba a decirle. La realidad, la verdad habían salido por fin a la luz. Era imposible seguir negando la evidencia.
Mientras paseaban por la torre, Suddhodana dijo:-Todos experimentamos sufrimiento y dolor en ocasiones. Yasodhara descansa en paz; su espíritu vuela libre como un águila. El tiempo lo cura todo. Espera un poco... Quiero intentar hacerte feliz. Te daré cuanto me pidas.-
Siddharta sacudió la cabeza.
-Padre,-dijo suavemente.-no puedes darme lo que yo deseo. Debo encontrar una solución a mi inquietud, a esta constante insatisfacción...-
El rey se preguntaba si no habría sido el quien había empujado a su hijo a tomar ese camino. En su calidad de rey, siempre había tomado decisiones guiado por otras prioridades. Suddhodana se sentía derrotado, tan insignificante como un simple eslabón en una cadena infinita. Siguieron paseando hasta llegar a la estatua de Brahma, situada al norte, que custodiaba el camino hacia el Himalaya, el hogar de los dioses. Los dioses también formaban parte de esa cadena, aunque eran unos eslabones más grandes e importantes. Suddhodana miro la estatua y le pareció que Brahma le sonreía. Debía ser cosa de su imaginación. Se estaba haciendo viejo.
Padre e hijo se detuvieron frente a la estatua. Siddharta miro a su padre con cariño y pesar. Luego, sonriendo, saco un pergamino y se lo entrego.
El monarca suspiro, resignado. Ante lo inevitable, la resignación le ayudaba a ver el lado positivo del asunto. Suddhodana miro a su hijo con orgullo y dijo-Serás Buda.-
Una vez tomada la decisión, Siddharta se sintió mas animado. Nadie, ni el mismo, sabía lo que le deparaba el destino. Anuncio que deseaba partir en busca de una solución para todos, en busca del Nirvana. A los habitantes de Sakya les costaba creer que existiera una solución.
Los gallos empezaron a cantar. Ananda, que no había pegado un ojo en toda la noche., estaba apoyado en el repecho de la ventana que daba al patio, esperando ver por última vez a su amigo de la infancia, el hombre camaleónico.
Las nubes se disiparon, anunciando un hermoso día. Los pájaros cantaban alegremente en los árboles. Los escasos habitantes del palacio aun dormían. El patio estaba cubierto de cenizas y el olor a fuego impregnaba la atmósfera.
Siddharta y Chandaka, que tenia el don de estar siempre en el lugar adecuado en el momento oportuno, salieron de los establos montados a caballo. Al verlos atravesar las puertas de la ciudad, Envueltos en la neblina, Ananda sintió un profundo dolor en su corazón.
Tras dejar atrás la ciudad, Siddharta y Chandaka cabalgaron en silencio a través del valle y los impetuosos torrentes, hasta llegar al pie de una montaña. Siddharta desmontó y abrazo a su amado caballo, Jantaka. El animal lo miró con tristeza, desconcertado ante el abandono de su amo, con el que había compartido tantas aventuras.
Siddharta se quito la ropa y las joyas. El y Chandaka se miraron, pero las palabras sobraban. Luego, ataviado únicamente con un dhoti rojo, Siddharta entrego todas sus pertenencias, excepto el puñal, a Chandaka.
-Toma. Ya no necesitare todo esto.-dijo con firmeza.
Tras estas palabras, se volvió para contemplar las montañas con unos ojos claros y límpidos como el cielo. A continuación tomo el puñal y se corto la larga cabellera, que cayo al suelo formando un grueso tapiz negro. Jantaka, asustado ante la extraña conducta de su amo, comenzó a relinchar. Concluido el ritual, Siddharta devolvió el puñal a Chandaka. Luego acaricio el suave morro del animal, conmovido ante el valor y la lealtad que le había demostrado siempre. -Sabe que tengo que dejarlo.-dijo Siddharta con voz entrecortada, revelando el pesar que sentía en aquellos momentos.
Siddharta miro a su amigo de la infancia, al hombre que lo había acompañado a la caverna, el hombre, que, por amor a el, había desobedecido al rey para llevarlo en presencia de su nodriza. Al evocar aquellos gratos recuerdos, sonrió.

domingo, mayo 01, 2005

38-La cremación.

Siddharta se levantó lentamente y respondió:
-Debo permanecer un rato a solas. Me reuniré mas tarde contigo.-
Ananda asintió y salio apresuradamente, dejando a su amigo a solas con su dolor.
Una vez solo, incapaz de contemplar el cadáver de su amada esposa, Siddharta salio de la habitación y se dirigió a los establos.
Monto en su caballo y partió al galope. La incertidumbre y la inconsciente búsqueda de un remedio que aplacara su dolor lo condujo hasta la vieja ciudadela de Mahabali el renegado, el lugar donde de niño había aprendido tantas cosas que le habían ayudado a comprender otras de mayor importancia. El revolucionario pensamiento de su maestro, su escepticismo respecto a lo conocido, había abierto numerosas puertas en la viva imaginación de Siddharta, provocando preguntas que eran fáciles de responder cuando todo iba bien, pero difíciles de contestar cuando uno era presa del dolor.
La ciudadela no había cambiado; el viento soplaba sobre las impresionantes ruinas.
Siddharta se dirigió lentamente hacia la gigantesca pirámide y levanto la vista. El mecanismo que ponía en marcha el universo yacía abandonado y oxidado. Siddharta subió la empinada escalera. Cuando llego a lo alto de la pirámide, sonrió con nostalgia. Entro en los aposentos que solía ocupar Mahabali y se deslizo sigilosamente, como un tigre, por las habitaciones cubiertas de hierbajos. Luego penetro en la alcoba de su maestro y miro a su alrededor, evocando el pasado. De pronto vio la aceitera en el repecho de la ventana, vacía y cubierta de telarañas.
-Que normas engrasaran ahora el mecanismo del universo, maestro?-pregunto Siddharta suavemente.
Suddhodana sintió que su hijo y heredero estaba pensando en la vida religiosa. Según una fuente, el Rey arregló el matrimonio de Siddharta con la hermosa Yasodhara para impedir que aquel abandonara el hogar. La pareja tuvo un hijo, Rahula, quien luego se convertiría en uno de los diez discípulos principales de Siddharta y llegaría a ser el “primero en la práctica no conspicua”. Una forma de practicar en la cual las buenas acciones se realizan en secreto, sin que los demás se den cuenta.
La mayoría de quienes rodeaban a Siddharta creyeron que al casarse y tener un hijo se asentaria. Pero el tormento espiritual del joven príncipe continuó. En verdad, cuanto más pensaba en la responsabilidad de asumir el trono, mas se intensificaba su sufrimiento. Razono: “las personas pelean y se matan, tratan de dominar con las armas. Pero incluso el poder militar más temible esta condenado a ser destruido algún día por el mismo medio que utilizo para conquistar a otros. Ninguno de nosotros puede escapar de los sufrimientos de la condición humana: la vejez, la enfermedad y la muerte. Seguramente, lo más importante es buscar el modo de liberarnos de ellos.” En vez de vivir en un mundo regido por la pericia militar, busco el verdadero sendero del humanismo. Así pues, decidió renunciar al esplendor palaciego e iniciar la búsqueda del reino eterno del espíritu.
Cuando Siddharta comunico esto a su padre, el Rey sintió una gran pesadumbre. “Ha ocurrido lo que he temido durante tanto tiempo. Es mi único heredero. ¿Acaso no le he dado siempre lo mejor? ¿Por qué no puede estar satisfecho?” Suddhodana estaba confundido, pero también estaba enojado. Temblaba de indignación. De inmediato, tomo medidas para impedir que su hijo se alejara del hogar. Le brindo comodidades y lujos aun mayores y ordeno a los criados que le prodigaran atenciones y entretenimientos. Pero Siddharta permaneció firme. Finalmente, el Rey le prohibió poner un pie fuera del palacio.
Pero nada pudo apagar la llama del espíritu de búsqueda. Cierta Noche, mientras cabalgaba en su amado corcel en compañía de un fiel asistente, Siddharta burlo la estrecha vigilancia y abandono la ciudad de Kapilavastu
Las fuentes difieren acerca de la edad que tenia en ese entonces; algunas dicen diecinueve, otras veintinueve. Algunos relatan los hechos de forma distinta. Pero haya ocurrido de una u otra forma, el dejo el hogar paterno.
La noche había caído sobre ellos.
Había llegado el momento de iniciar el ritual, por respeto al brahmán.
El rey Suddhodana estaba de pie ante la pira funeraria, formada por un montón de ramas secas, levantada con ayuda de unos pocos soldados magadhanos en el centro del patio del palacio. Sobre ella yacía el cuerpo de Yasodhara, con los ojos cerrados, su pálido rostro sereno y luminoso. Ananda y Chandaka se hallaban junto a las antorchas que estaban clavadas en el suelo, alrededor de la pira. Las nubes ocultaban la luna y las estrellas. Siddharta estaba junto a su padre, pálido e inmóvil.
Asvapati tomo una antorcha y prendió fuego a la pira, mientras pronunciaba las palabras brahmánicas destinadas a facilitar el transito del alma, los ritos en honor de los seres queridos. Las ramas empezaron a arder de inmediato y devoraron el cadáver de Yasodhara.
El rey recordaba el momento en que había visto a su esposa la madre de Siddharta, yaciendo sobre la pira funeraria, y el dolor que había experimentado al ver el cuerpo de su amada, que el había abrazado y acariciado, desintegrarse entre las llamas. El cuerpo es solo un caparazón, el contenido se conserva eternamente; pero es terrible contemplar como arde el cuerpo de un ser querido. Suddhodana comprendía lo que sentía su hijo en aquellos momentos, pues el también había amado a su esposa profundamente.
Las llamas rojas, naranjas, amarillas, devoraban avidamente el dhoti rojo, las ramas secas, la carne… El fuego desprendía unas columnas de humo negro, denso y acre. El hedor era nauseabundo. Los asistentes presenciaban estremecidos el macabro espectáculo, percibiendo el espantoso sonido de las ramas al quebrarse y de la materia al estallar.

37-La muerte.

Se estaban ultimando los preparativos para la batalla. Ya anochecía cuando Siddharta, cubierto con su armadura, recorrió el campamento para charlar brevemente con los soldados e infundirles ánimos. Los herreros inspeccionaban las carrozas para reparar los daños que los vehículos habían sufrido durante el viaje a Sakya. Habían dado de comer a los caballos y habían examinado sus cascos. Aun quedaba lo más importante: idear, desarrollar y poner en marcha una hábil estrategia.
El general, el jefe del departamento de información y Siddharta pasaron la noche en vela, trazando los planes de la campaña. Las sugerencias de Siddharta eran favorablemente acogidas por sus compañeros, quienes admiraban su sentido de la estrategia, fruto de su conocimiento de la mente humana y de sus reacciones.
Un mensajero les trajo la noticia de que Virudaja había reunido a sus tropas, junto con las de los reinos vecinos, por segunda vez, formando un ejército mayor que el anterior para enfrentarse a as fuerzas de Magadha y salir victorioso.
La noche cayó sobre el campamento. Los tres hombres estaban sentados en unos cojines alrededor de una mesa sobre la que había varias bandejas de comida dispuestas, pero apenas probaron bocado. El soma corría en abundancia. Mientras decidían si debían aguardar a que aparecieran los josalas o era preferible atacarlos en su propio elemento, Ananda entro apresuradamente en la tienda.
-Debes venir inmediatamente, Siddharta.-dijo.-Yasodhara esta a punto de dar a luz.-
El parto había agotado las escasas fuerzas que le quedaban a Yasodhara, quien yacía en el lecho empapada en sudor. Las viejas la atendían solícitamente, sin apartar la vista de su demacrado rostro. Las velas iluminaban las profundas líneas que el dolor había grabado en su rostro. De pronto lanzo un grito de dolor al sentir de nuevo un espasmo que le atravesaba el vientre. Luego sintió como si algo estallara en su interior y noto un líquido caliente que se deslizaba entre sus piernas, empapando las ropas de la cama. Temblando de miedo y fatiga, la joven respiro hondo, tratando de recuperar el aliento.
-Empuja! Empuja!-le ordeno una de las viejas.
Yasodhara empujo con todas sus fuerzas, una y otra vez, hasta que al fin una de las curanderas anuncio con tono triunfal:
-Es un niño.-
Tras limpiar al recién nacido con un paño húmedo, lo deposito en los brazos de su madre.
Yasodhara trato de incorporarse unos instantes para mirar a su hijo con ternura, pero cayo de nuevo sobre los cojines, agotada por el esfuerzo.
Al llegar al palacio, el príncipe corrió junto a su esposa. Al verla yaciendo inmóvil, inerme, Siddharta se arrodillo a su lado, tembloroso. Una de las viejas se acerco para mostrarle a su hijo.
-Es un niño.-murmuro Yasodhara, tratando de sonreír.-Se convertirá en un gran hombre, como su padre.-
Siddharta, sosteniendo su frágil mano entre las suyas, apenas yo lo que le decía.
-Te quiero, te necesito. No me abandones… -le suplico Siddharta, tratando de dominarse.
Jamás te abandonare, mi amor, le respondió Yasodhara con los ojos, soy tuya para siempre.
-Al igual que mi sombra, serás mío en todas partes…-murmuro Yasodhara suavemente.
-Para amarte en la alegría y en el dolor…-incapaz de seguir conteniendo su emoción, Siddharta rompió a llorar.
-…para que me consueles en la hora de la muerte.-Yasodhara pronuncio sus ultimas palabras con dificultad, sus febriles ojos fijos en Siddharta. Al cabo de unos instantes, su espíritu abandono este mundo para internarse en las nebulosas regiones de la siguiente vida. Su cuerpo, que antes emanaba calor y se movía en armonía con la vida, yacía inmóvil y blanco como el mármol.
Siddharta cerro los ojos, esforzándose en rechazar lo inaceptable, abrumado por su repentina soledad, la perdida de su amor, su ser, su felicidad, su humanidad…
Sintió deseos de morir, de caer en un pozo sin fondo que se abría para recibirlo, en un vacío informe, sintiendo únicamente la presencia de su insoportable dolor.
El tiempo se deslizaba a través del vacío sin solución de continuidad; nada podía romper la estática inmovilidad del dolor.
Por respeto al dolor del príncipe, las mujeres aguardaron en un rincón de la habitación. Las velas se fueron consumiendo, pero Siddharta permanecía inmóvil. Finalmente las curanderas decidieron retirarse, pero antes lavaron y vistieron el cadáver de Yasodhara para prepararlo para el funeral. Siddharta las observo, inmóvil como una estatua. Vistieron a Yasodhara con un dhoti rojo, su color favorito, que contrastaba con la palidez de su rostro. Le cruzaron los brazos sobre el pecho y le colocaron un hermoso collar alrededor del cuello. Incluso muerta, su rostro expresaba vida, ternura. Alrededor del cuerpo depositaron unas flores silvestres carmesíes.
La vida no respeta el dolor. Junto a la puerta de la cámara mortuoria, Ananda aguardaba con paciencia mientras su querido amigo lloraba la muerte de su esposa. Al cabo de un rato, entro sigilosamente y apoyo una mano en el hombro de Siddharta.
-Siddharta, tu ejército esta dispuesto...-

36-El destino se cumple.

Se dirigió corriendo a los aposentos de su padre y entro sin llamar. El rey estaba sentado en el suelo, aguardando a que Asvapati le trajera noticias. A pesar de que aun se sentía débil, ya se había recuperado de sus heridas. Siddharta observo que había envejecido; la barba se le había vuelto blanca y unas arrugas surcaban su frente. Sus bondadosos ojos estaban rodeados por unas profundas ojeras, pero su rostro se ilumino al ver a su hijo.
Impresionado por el aspecto que ofrecía su padre, Siddharta decidió llevárselo de allí y arrastro al monarca, pese a las protestas de este, hacia los establos, donde solo quedaban unos pocos caballos en el espacio reservado a las monturas del rey y del príncipe. De camino hacia las cuadras, se encontraron con Asvapati. Siddharta le rogó que los siguiera, dejando a Chandaka y Ananda que atendieran a Yasodhara.
Los tres hombres cabalgaron a través de la ciudad desierta, hacia las colinas. Suddhodana no daba crédito a sus ojos.
-Ese canalla,-mascullo.-esa serpiente pagara muy caro lo que ha hecho. Ha matado a la amatoria de nuestros hombres y ha arrebatado a su hermana lo más valioso: sus padres, sus lazos con su pueblo, incluso la posibilidad de ser reina.-
Siddharta estaba pálido como un fantasma.
-No le odies, padre.-contesto.-Todo regresa. Sígueme y no te preocupes.-
Su voz sonaba suave como la miel. Suddhodana sabia que su hijo sufría, pero no quería sincerarse. La sensación de que le había fallado, de que no había conseguido proteger su reino, hizo que Suddhodana se sintiera profundamente apenado. Temía que Siddharta no se lo perdonara nunca.
Al llegar a la cima de la colina, divisaron el campamento del ejercito magadhano.
El rey mudo de color. En lugar de explicarle el motivo de la presencia de las fuerzas de Magadha, Siddharta sonrió con tristeza y pidió a su padre y al brahmán que lo siguieran.
El desconcierto de Suddhodana fue en aumento a medida que se aproximaban al campamento, formado por un océano de tiendas, soldados y caballos. Todos los hombres se inclinaron respetuosamente ante Siddharta. Al cabo de unos minutos llegaron a la tienda del general y entraron sin anunciarse.
El general se hallaba de pie en el centro de la espaciosa tienda, estudiando unas figuritas colocadas sobre una tabla. Cuando vio entrar a Siddharta, lo saludo con una reverencia.
-Te presento a mi padre, el rey de Sakya.-dijo Siddharta.
-Señor.-respondió el general con tono de respeto.
-Que hacéis tu y tus hombres aquí?-inquirió Suddhodana.
-El ataque de los josalas contra Sakya convenció al rey Bimbisara de que Virudaja es un embustero y un traidor. Por consiguiente, el rey me ha encomendado la misión de reconquistar Sakya y los territorios circundantes. A cambio, los sakyas serán nuestros aliados en la paz.-
Conmovido, el anciano rey se sentó.
-Así pues, habéis acudido para ayudarnos.-dijo Asvapati, mirando asombrado al general.
-En efecto.-asintió este.-Estamos listos para iniciar el ataque al amanecer.-
De golpe, Suddhodana rompió a reír histericamente, incapaz de seguir reprimiendo sus emociones. El general lo miro alarmado y pregunto:
-Estas bien, excelencia?-
El rey asintió y abrazo al general efusivamente. Incluso la alegría resultaba difícil de expresar después de tanto dolor.
-Si. General.-contesto, alzando una copa de Soma.-¡Brindemos por la paz!-
El licor ayudo al rey a serenarse. A continuación, los hombres se acomodaron sobre unas esteras en el suelo y se entregaron a una charla amistosa. Al cabo de un rato, el rey Suddhodana se levanto y anuncio que deseaba regresar al palacio. Necesitaba estar a solas para reflexionar.
Asvapati y el rey partieron juntos. Asvapati estaba pensativo, analizando los hechos de forma filosófica, con cierta distancia y frialdad, lo cual evitaba que se dejara arrastrar por las pasiones y las emociones. El rey, sin embargo, se sentía exultante.
-Deja de rumiar como una vaca, brahmán.-dijo el monarca mirando a Asvapati de reojo.-Todo esta perfectamente claro.-
-Señor?-
-La profecía de Ashita. Acaso no estas pensando en eso?
Asvapati detuvo a su caballo y aguardo a que el rey prosiguiera.
-Esta claro que mi hijo ha tomado una decisión.-declaro Suddhodana.
El brahmán trato de responder con una evasiva, pero su deber de preparar al rey le obligaba a expresar su opinión.
-Las cosas suceden cuando suceden. Un hombre prudente nunca se deja cegar por la evidencia, señor.-
-Eso es una redundancia.-replico el rey. En el fondo, se negaba a admitir que Asvapati podía tener razón; los hechos habían demostrado sobradamente que el brahmán no tenia un pelo de tonto, lo cual alimentaba los temores y complejos del rey.
Furioso, Suddhodana espoleo a su caballo y partió al galope hacia el palacio, dejando a Asvapati atrás. El brahmán sabía que el rey temía haber fallado a su hijo. Y a su vez Asvapati temía haber fallado al rey. Hacia años que intentaba prepararlo, pero ni siquiera había conseguido que aceptara la posibilidad de… otro camino. Suddhodana se aferraba ciegamente a sus esperanzas, cerrándose a todo cuanto pudiera acabar con ellas. Asvapati empezaba a pensar que el mundo se basaba en unos principios que el no podía aceptar. La cruda realidad mostraba otra cosa, el mundo parecía haberse puesto de cabeza.

35-La destrucción.

Cuando los primos se volvieron a ver, Chandaka relato lo sucedido al pariente de Siddharta.
Ananda trataba de seguirlo, de comprender el significado de las palabras de Siddharta.
-Estarías incluso dispuesto a perdonarle la vida a un josala?-pregunto, mirándolo con desconfianza.
Siddharta no respondió. Estaba absorto, con la mirada perdida en el infinito. Al cabo de un rato, como si despertara de un trance, se volvió hacia sus amigos y dijo:-Vamos, debemos regresar.-
Las fuerzas magadhanas encabezadas por Sidhartta y sus dos amigos, llegaron a Kapilavastu. La ciudad estaba vacía, desierta. Por doquier yacían restos humanos. En las calles reinaba un silencio sepulcral, interrumpido de vez en cuando por los gritos de los buitres posados en los tejados. La atmósfera estaba impregnada de un fétido olor a sangre.
Ananda caminaba detrás de sus amigos.
Las tropas llegaron a las puertas del palacio sin topar con la menor resistencia. Cuando penetraron en el, los pocos josalas que había dejado Virudaja para custodiar a los prisioneros depusieron las armas, implorando que les perdonara la vida.
Sus pasos resonaban sobre los suelos de mármol del palacio, por cuyos pasillos vibraban antaño las risas de sus ocupantes. Las fuerzas enemigas lo habían arrasado todo a su paso: cojines, tapices, jarrones… Sidhartta se detuvo y ordeno a sus hombres que aguardaran, excepto Ananda y Chandaka.
Los tres amigos se dirigieron hacia la sala sacrificial, donde seguramente encontrarían a los prisioneros rezando.
Asvapati, ataviado con un impecable Dhoti blanco, con el cabello recogido en un moño, estaba arrodillado ante el hogar, orando. Sobre el altar, Agni, señor del fuego del sacrificio, aparecía sentado sobre un carnero de aspecto feroz. Incluso los dioses estaban predestinados. Asvapati abrió el Shraddha y saco unas hojas de Kusa, la hierba sagrada, que deposito ante el altar. Luego, sosteniendo unas tortas de arroz, dijo en voz alta:
-Invoco la presencia de las almas de quienes pertenecen a esta familia y han muerto en medio de terribles sufrimientos. Ofrezco estos dones a los espíritus que están condenados a padecer el tormento de la más indigna de las reencarnaciones, los dolores de Kumbhipaka. Acepta, ¡Oh, Agni!, este sacrificio nuestro, no nos castigues...-
Al reparar en la presencia de Siddharta y sus dos amigos, Asvapati se interrumpió. La satisfacción de ver de nuevo al príncipe quedaba mitigada por el dolor que sentía ante la bárbara destrucción de Sakya.
-Me alegro de volver a verte.-balbuceo el sacerdote.
-Donde esta mi padre?-pregunto Siddharta, temblando de emoción.
-Cayo herido en la batalla contra Virudaja, pero ya se ha restablecido. Esta deseando verte.-
-Y Yasodhara?-
El brahmán miro a Siddharta con tristeza y dijo:
-Aguarda unos instantes.-
Yasodhara estaba tendida sobre una tabla en el suelo, rodeada de curanderas. Una de ellas le daba unos sorbos de un potente brebaje que ardía en el hogar, mientras otra le limpiaba el sudor y le aplicaba paños empapados de agua fría sobre la frente. La habitación estaba iluminada por unas velas colocadas sobre unos altos candelabros de hierro forjado y por el resplandor de la luna que se filtraba por las ventanas.
Siddharta entro sigilosamente para no asustar a su esposa. Al verla allí en el suelo, jadeando y empapada en sudor, se arrodillo junto a ella y le acaricio la mano.
Yasodhara abrió los ojos y dijo:
-Has cumplido tu promesa. El niño todavía no ha soltado su primer llanto…-
Siddharta asintió y le beso las manos.
-Te he echado de menos.-dijo Yasodhara, llorando por la emoción de tener de nuevo a su esposo junto a ella.-Temía que el océano… -Su voz era tan débil que Siddharta se inclino sobre ella para oír lo que decía.-Yo era como un águila sin alas, pero has vuelto y me siento mejor…. Te necesito.-
Yasodhara sonrió, pero Siddharta se dio cuenta de que el parto presentaba complicaciones.
-¡Amor mío!-exclamo, aterrado.
Yasodhara lo miro, implorándole con la mirada que la abrazara, y el obedeció.
De pronto, un espasmo sacudió el cuerpo de la joven. Las curanderas le obligaron a beber otro sorbo del brebaje, mientras Yasodhara trataba de reprimir un grito de dolor. Por primera vez en su vida, Siddharta se sentía débil e impotente.
Respirando profundamente, Yasodhara sujeto con fuerza la mano de su marido, esperando a que se calmaran los dolores que le atravesaban el vientre. Luego lo miro sonriendo y dijo con ternura:
-El niño sabe que estas aquí, esta impaciente por conocerte. Le he hablado tanto de ti…-
Agotada por el esfuerzo, Yasodhara cerró los ojos durante unos instantes. Al poco rato sintió otra contracción que le hizo lanzar un alarido de dolor. Una de las viejas se acerco y rogó a Siddharta que se retirara. Siddharta se levanto indeciso, sin saber que hacer, aterrado ante la idea de perder a su amada esposa.
Tras unos instantes de vacilación, salio apresuradamente de la estancia, mientras las lagrimas rodaban por sus mejillas.